Blog de murderin221b

Los destierros


Me avergonzó descubrir que dentro de la fosa ya no podía distinguir cuál era mi padre.

Alguien se apiadó de mi falta de años y me dejó ir. Huí a los montes, donde aprendí a ungir las manos con sangre. Propia, de amigos, de enemigos, sangre del mismo color, con el mismo olor a pólvora y el mismo sabor a sal y musgo. Creía en la República, como creía en el hambre y en la soledad de mi infancia. Creía por creer en algo nuevo. En España podrá faltar comida, pero no el acero. Luché hasta que la muerte, al final, me dejó solo en el bosque con un revólver oxidado. Entonces, sentí cansancio. Y miedo. Tranquiliza mi consciencia el no saber qué ocurrió primero.  Enterré el arma bajo una encina, que aún hoy podría reconocer y volví a la ciudad, sabiendo que pronto debería abandonarla. Mis amigos me dieron muchos consejos, algún dinero y un destino.

—Te vas  para América — dijeron, poniéndome el pasaje entre los dedos. —A Mendoza, al pie de Los Andes.

Nací en Albarracín, con la montaña despuntando siempre por el rabillo del ojo; me pareció apropiado.

Sólo pregunté quién era mi contacto.

—José Alonso, se llama. Es buena persona. Aunque sea franquista.

Cuando oí esto, la tranquilidad que había venido ahorrando desde que abjuré del monte se desvaneció.  Todavía recordaba el murmullo de la bala al anidar en la carne y ni siquiera la lejanía parecía suficiente para apartarme del pelotón de fusilamiento. Protesté. Tanto como pude. Pero la verdad es que tenía más reservas que opciones, así que acabé fumando mis dudas en solitario, ya sobre la cubierta del barco.

Habían tratado de tranquilizarme. Me dijeron que Don José era tan franquista como yo republicano. Por descarte. Por hambre. Por la soledad de su infancia. Venía de una añeja familia que decidió dejar España durante la Segunda República, tras morir su hermano mayor durante las refriegas que enmarcaron el asesinato de Calvo Sotelo. Claro que sí, les había dicho el funcionario pertinente, por supuesto que pueden marcharse, son libres. Ahora bien, el niño se queda. Verán, llevárselo con ustedes equivaldría a privarlo de su propia flamante libertad de disfrutar de este sistema democrático, y eso no podemos permitírselo. Sería una crueldad, ¿entiende?

Así es como José Alonso partió hacia América dentro de una maleta, rodeado de una parentela profusamente cargada para disimular su presencia.

La historia me había descolocado. Pensé más que de costumbre en mi padre.  Por primera vez que me cuestioné la razón por la que había tirado del gatillo. Yo tiraba para poner distancia entre el pasado y yo, tiraba por la posibilidad de una tierra sin más rey que mis necesidades. Pero el régimen que a mi prometía aquello era el mismo que a él se la había negado. Me sorprendí, con la vista turbia de mal vino y horizonte, pensando que las banderas a veces hacen pésimos disfraces.

Cuando llegué a Mendoza, seguí  las indicaciones dadas y aunque esa provincia no era más que un montón de fincas salpicadas de casas de adobe, no tuve problema en hallar la dirección. Cuando toqué la puerta, me abrió un tipo de metro noventa, cara flaca, ojos azules y cabello rubio engominado. No dijo nada. Tardé un segundo en comprender que no tenía por qué. Me presenté atropelladamente.

MinombreesRamiroBorjameenvíaCarlosCasado.

Mucho gusto.

Asintió y se hizo al costado. Me indicó con una mano enorme que pasara. Lo hice, sintiéndome como se debió haber sentido Bruto al ocupar su banca durante los Idus de Marzo. Una mujer rechoncha me saludó con claro acento andaluz, mientras desplumaba una gallina, rodeada de presurosas criadas.

El hombre me indicó que lo siguiera. Juntos atravesamos los pasillos de aquella casa laberíntica, que olía a frío y a lavanda y a estofado y a caoba y a chimeneas encendidas en las habitaciones. Me habían dicho que gozaba de buen pasar, pude confirmarlo. Al salir, atravesamos un jardincito manchado de flores, el césped quebrado por un arroyo. Caminamos hasta un galpón de reluciente chapa. Noté el zumbido de voces en su interior.

Adentro había dos hileras de camastros enfrentadas, separadas por un pasillo, a través del cual corría una mesa tan larga como el edificio. Unas treinta personas se vestían o recogían sus cosas para irse a afeitar fuera. Los reconocí sin necesidad del nombre; todavía penaban ese aire tan familiar a tormenta en ciernes y a vigilia. Mi guía señaló un camastro libre en el extremo y de repente comenzó a recitarme los horarios de las diversas comidas, los sitios de interés, las tabernas, pulperías y bodegas, los amigos que estaban en condiciones de tomar de empleado a alguien como yo, las razones por las que ya vería cómo todo marcharía bien…

Me sentí abrumado. Él era franquista. Yo republicano. Y lo único que hasta ahora había intercambiado con uno eran disparos. Sentí que le estaba ocultando un dato esencial, algo que le haría retirar su oferta inmediatamente, algo que de saberse me devolvería de nuevo a los montes, a desenterrar mi revolver y a perseguir la muerte ajena o propia. Me comentaba que su mujer era una excelente cocinera cuando lo interrumpí.

—Lo siento, Don Alonso. Pero no se lo he dicho antes: yo soy …

Alzó la misma mano con la que me había invitado a entrar, deteniéndome. Negó con la cabeza con la lentitud de quien sabe que el tiempo sólo existe a través nuestro. Habló y creó que fue lo primero que en verdad le oí decir:

— Aquí ninguno es nada. Te llamas Ramiro Borja, yo me llamo José Alonso y sólo somos españoles. La cena es a las ocho.

Y siguió hablando como si nada sobre las habilidades culinarias de su mujer, sin saber que allí mismo frente a él, a un océano y medio continente de distancia, yo entendía de qué hablaban mis mayores cuando hablaban de patria.

Aquella noche comimos paella.

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