La fuga

Escrito por murderin221b 16-09-2018 en iberdrolab. Comentarios (0)

—Voy a dar una vuelta—dice la niña, dirigiéndose hacia el jardín. La madre no levanta la cabeza; sobre la mesa se amontonan cuentas y vasos. Unos muy llenos, otros muy vacíos. El portazo se confunde con un indiferente ronquido.

La niña atraviesa el césped. Sobre la pared del fondo, la bicicleta de su padre la espera. Aún la llama así, a pesar de que él también salió a “dar una vuelta” hace ya dos cumpleaños, y todavía no acaba de volver. De vez en cuando le envía cartas que atesora lo suficiente como para no abrirlas, un poco consciente de que a todas las astilla una pequeña despedida. Toma el manubrio y comienza a arrastrar el aparato dificultosamente. Aún es demasiado grande, demasiado pesada. Su padre solía llevarla en ella a todos lados; a veces la niña tiene la impresión de que ahora es ella quien hace lo mismo con él.

Cuando a todos sus amigos les regalaron sus bicicletas, ella trató de unírseles. La lentitud y magulladuras no le importaron, pero cuando las llantas ya no podían retener aire, prefirió no salir. La madre ha prometido reponerlas cuando todo se aclare. Afortunadamente, sus amigos aprenden a visitarla y no seguir preguntando cuándo será eso. Ella, en tanto, descubre en secreto cómo conducir correctamente.

La niña entierra ligeramente ambos extremos de la bicicleta y los apuntala con algunos ladrillos. Luego se sube, se acomoda en el asiento y empieza a pedalear. El bosque está tranquilo y sólo algún pájaro desafía su silencio, otoñal y solemne. Tras recorrer el sendero por algún tiempo, empieza a notar que esa quietud tiene algo de amenaza. Empieza a moverse lo más suevamente posible, atenta a la quejas de hojas o ramas rotas. Últimamente los trasgos se han aventurado más allá de la frontera norte. Los elfos han montado patrullas de vigilancia en la zona, e incluso algunos árboles se han mudado hacia el oeste con la típica prudencia de su especie. Sin embargo, las incursiones continúan. La niña avanza cautelosa, aunque segura de poder huir de cualquier peligro. Conoce los bosques mejor que nadie.

Le tomó varias tardes solitarias y cuatro o cinco libros fantásticos aprender a andar. Un día descubrió que no quería ir a la plaza, sino a Narnia. O a la Tierra Media. Tras darse cuenta de que la bicicleta sigue siendo mejor medio de transporte que un ropero, comenzó sus íntimas aventuras. De vez en cuando, el mundo de turno le queda pequeño, así que no deja de leer para seguir sumando horizontes y caminos. La biblioteca municipal es, por suerte, tan grande como el tiempo que la escuela y el cuidado de su madre le deja libre.

De repente, un sonido de hojas quebrándose. Dos, tres, cuatro, más pares de pies de los que puede contar la siguen apresuradamente. Pies y manos aguzadas, presiente con un escalofrío. Sabe bien que los trasgos, incluso los más grandes, avanzan casi a gachas en todo momento. Pedalea con más fuerza. El sol que se cuela entre la copa de los abetos, le azota la vista. La niña piensa que quizás este camino no era el mejor. Se reprocha su torpeza y su amor por cierta variedad de flor turquesa, que crece allí y a la que aún no bautiza. Una flecha silba cerca de su cabeza. La niña aprovecha el impulso de la pendiente, toma su propio arco, voltea y devuelve el disparo con agilidad. Un alarido se pierde súbitamente a sus espaldas. Un orgullo salvaje le palpita en el pecho. Aferra el manubrio nuevamente y avanza

Afuera, sobre la pared del jardín, a lo largo de la calle y las calurosas veredas, los niños pedalean y se persiguen, compiten y hacen carreras. La niña, en fuga, no los oye. Al fin y al cabo, sus bicicletas serán más rápidas; pera la de ella va más lejos.