Blog de murderin221b

Navidad

La búsqueda

Escrito por murderin221b 08-01-2018 en Navidad. Comentarios (0)

Sólo síguela, cariño.

No tendría tiempo. Ni siquiera había traído el árbol del desván. Impaciente, comprobó que los documentos se estuvieran copiando correctamente en la memoria USB. “Los revisaré en casa”. Él no se tomaba días libres; ella tampoco, si quería seguir conservando su oficina.

– Bueno, la historia es un poco larga, cariño – Abuela sonrió. – ¿Te acuerdas de esos hombres de barba que vimos en tu libro de Historia? Bárbaros, sí. Bueno, por estas fechas, ellos festejaban el nacimiento de uno de sus dioses: el del sol, el verano y todas las cosas que crecen y florecen. Para eso iban al bosque, buscaban el árbol más grande de todos y lo decoraban con luces y ofrendas. ¿Sabes por qué? Porque ellos creían que todo el universo era solamente un árbol inmenso.

Extrajo la memoria USB y quiso echarla en su bolso. Pero al abrirlo lo encontró repleto de adornos y focos de colores. Tardó un minuto en recordar que ella misma había comprado todo con la esperanza de poder repetir la única tradición navideña que su agenda le había permitido conservar. Hasta ahora. Se molestó y comenzó a arrojar todo sobre su cama. Luego, guardó teléfono, billetera, maquillaje, papeles y  pen drive dentro de su bolso. También, el regalo. No podía olvidar el regalo.

Mientras se dirigía hacia la puerta sintió como si en cada uno de sus pasos se dejase un trozo suyo.. Debía, debía, debía. No quería. Pero el imbécil de tu jefe, esos colegas que aún fingen olvidar tu nombre, Dios santo, todo lo que has dejado este año,  todos a los que has dejado este año, el enjambre de bromas estúpidas sobre tu culo y tu escote y que, ¡oh, sorpresa!, eres algo más que una cara bonita. Piensa en tu propia oficina y en esa ventana con vista al parque, vamos. Tomó las llaves de su motocicleta y apagó las luces. El departamento quedo a oscuras y una tenue congoja  revoloteó en su pecho al no ver los destellos de su arbolito. Suspiró y salió.

-  Muy bien, cariño. Cuelga esa un poco más arriba, ¿sí?. Bien, te decía, luego llegaron los cristianos, como tú o yo, y tras mucho discutir, decidieron que no había nada de malo en la celebración de aquellos bárbaros. Porque esa fiesta se celebraba en invierno. Por eso adornaban pinos y abetos: porque ellos resisten todas las estaciones. Así que no importaba que tan distintas fueran sus creencias: lo que se trataba de festejar con ese árbol era a la vida misma. Por eso es que incluso hoy lo armamos para nunca olvidar que debemos buscar nuestro lugar en este árbol del que formamos parte, y adornarlo con toda la vida que tengamos. 

El salón del hotel estaba repleto, pero no le costó adivinar dónde estaba su jefe. Solamente tuvo que buscar al grupo más nutrido de gente y seguir las carcajadas más sonoras. Se abrió paso a través de la gente que bailaba al ritmo de algo que claramente no eran villancicos. Su jefe la vio.

-¡La empleada del año! – dijo, ignorando repentinamente al resto del enjambre de peones. Se inclinó y la besó en la mejilla. – ¡Me alegra que hayas podido venir!

Con una risa ajena, le extendió la memoria USB.

-¿Está todo de lo que hablamos  aquí, no? Esa es mi chica. Ya cumplimos con los negocios; ahora pasemos a la siguiente parte- dijo, arrastrándola a la pista de baile.

-Espere, aún tengo un regalo más–  dijo sacando un paquetito de su bolso. – Normalmente lo pondría bajo el árbol, pero no lo veo por ningún lado.

-Oh, no te preocupes, no hay ninguno aquí. Siempre me han parecido algo… vulgares.

¿Quieres ponerla tú, cariño? A ti te gusta escalar. No te preocupes, si quieres saber cuál es tu lugar en el árbol, solo debes seguir tu estrella. Los bárbaros creían que en lo más alto del universo los esperaban todos aquellos de quienes se habían separado. La gente cambia, cariño, pero no el viaje. Por eso, ponemos esto en la cima del pino, porque las estrellas son un mapa con tantas direcciones como quienes aprenden a leerlas. Por eso, sólo debes buscar la tuya. No te quedes quieta, no te pongas cómoda. Mientras tengas fuerzas, cariño…

-¿Eh? ¿Qué es ésto? - murmuró su jefe, claramente confundido.

Ella no comprendió. “Eh”, no es lo que esperas escuchar de alguien que recibe un Rolex. Él dejó caer el papel al suelo y sostuvo entre sus manos la pequeña estrella brillante que ella había olvidado dentro de su cartera. Levantó la vista y le sonrió confundido.

-¿Cariño?

En ese momento, ella supo la respuesta, supo qué era y supo que jamás podría reunir las palabras suficientes para explicar aquello que sólo puede ser vivido. De repente, un villancico estalló a través de los parlantes. Feliz Navidad, feliz navidad, repetían en impersonal letanía. Sonrió. Se dio vuelta  y comenzó a caminar en dirección a la salida. Atravesó una marea de fieltro y seda. Algo explotó y hubo risas y llovieron racimos de coloridos papelitos. Alcanzo a escuchar que su jefe la llamaba, por encima de la música, las conversaciones plásticas y el tintineo de copas llenas de sed.

-¡Ey! ¿A dónde vas?

Detuvo su moto al costado de la ruta. No sabía qué hora era, pero sí que Navidad había llegado, delicada e inconfundible como un sueño. La noche seguía siendo cálida, como un abrazo, y no había visto un solo coche durante todo el trayecto.  Corría una brisa que parecía venir de otro tiempo, y la hierba bajo sus zapatos se mecía como olas suaves bajo la caricia de la luna. Se quitó la camisa y la dejo caer a un costado. Pendían más estrellas de las que se había permitido ver en años y tras algunos minutos, empezó a notar las oscuras ramas de la noche, extendiéndose en un iris profundo de azares vírgenes. En algún lugar, más allá de ella misma, su estrella aguardaba.

Sólo síguela, cariño.


El regalo

Escrito por murderin221b 07-01-2018 en relato. Comentarios (0)

Pensó en una esfinge, y en un racimo de insectos, en luces fugitivas trizando el sueño, pensó en hombres acongojados sollozando, pensó en la oscuridad y sus muchos rostros y pensó en como la luz siempre es una sola, pensó en la mano que pendía del lecho, en el cuerpo, ahora y siempre inerte, que colgaba de ella y pensó que la muerte es un acertijo demasiado complejo. Tanto, que se necesita la vida entera para resolverla. Sobre la luz que goteaba desde el pasillo flotó una cara de ojos clausurados y labios entreabiertos. El pecho quieto y terrible, como un mar sin olas. El hombre quiso entrar, cerrar la puerta a sus espaldas. Quiso sellar el mundo. No pudo siquiera alzar el brazo. Descubrió que estaba recordando una pintura de Caravaggio, y sintió vergüenza.

Ella se había disculpado después de cenar, ni siquiera fingió esperar al brindis. Bajo esa esa certeza arrolladora que sucede a los desastres, se imputó el haber podido preverlo todo. Alguien habló en la comedor y le arrebató lo atemporal a su desdicha. El hombre se inclinó y encendió el velador. Instintivamente apartó la vista, atemorizado de firmar con su mirada aquella escena. Se dejó entrar a la habitación y cerró la puerta, estaban solos. Estaba solo. Escuchó un tamborileo hueco y un zumbido. No le importó averiguar de dónde venían. Rodeó la cama sin ensuciar las fronteras con su sombra. Se preguntó qué la había matado e hizo un esfuerzo por no preguntarse quién. Sin querer, pateó algo y alcanzo a ver una botella vacía metiéndose bajo la cama. Bajo sus pies crujieron suavemente algunas pastillas que su mujer no juzgo necesario tomar. Contó uno, dos, tres, frascos.

Tomó el pulso en vano. Insultó. Primero a nadie, luego a sí mismo, finalmente a ella. Lo golpeó una culpa rencorosa y se obligó a mirarla fijamente. La paz irrecusable de su rostro, en contraste con el vómito sobre las sábanas acabó de derribarlo. Se sentó a su lado y se avocó a perder la mirada en los contornos que la sombra disculpaba. Sobre la cómoda observó el pesebre descolorido. La mujer viste de rojo y tiene el vientre hinchado. A su lado todos lloran y se sorprenden de su repentina partida. “La Muerte de la Virgen”, así se llama la obra. Recordó leer que el pintor había usado como modelo a una prostituta ahogada en el Tíber. Escándalo. El miedo comenzó a agrietar su sorpresa. Notó entonces que las sábanas estaban mojadas. Retiró las manos lentamente.

Más allá de la habitación, de la puerta, del pasillo y los muros intangibles de ese lecho, gritó un niño. Luego río y otras voces lo siguieron. Era uno de sus hijos. Emanuel, creyó. Los regalos. Recordó para qué había venido y de repente se sintió desterrado. El cuerpo lo lastraba. Las voces lo lastraban. Y él vagaba en un puente entre dos nadas. Un silencio afilado le trajo nuevamente aquellos golpes y zumbidos, casi etéreos, de cuando entró al cuarto. Un punto de oscuridad se arrojaba una y otra vez contra la ventana cerrada. Creyó que era una mosca. Pronto nadie reiría en esa casa. Lloró.

Tras un momento, intentó pensar en algo más, pero la ausencia lo llenaba todo.. Miró a su esposa y el perfil se le presentó como el de una moneda. Comprendió de repente que la muerte es algo que siempre le ocurre a otro. Nuevamente abandonó los ojos sobre el pesebre. Dios mío, justo en Navidad, Dios mío. Muerte de la Virgen. O Dormición de la Virgen. Empezó a cuestionar su memoria. Un dios se acurrucaba entre la paja de su cuna, y soñaba con algo más allá del establo, de la cruz profetizada, de los reyes y pastores que se postrarían ante él.  En el cuadro,  los apóstoles lloran y lloran, y él no logra recordar si María estaba muerta o dormida. Pero en el pesebre, el niño sueña.

Una explosión tras la ventana tiñó de rojo las siluetas de la habitación, luego otra de verde. Desde el jardín, le llegó el eco de las felicitaciones y el cristal chocando. Fuegos artificiales opacaban las temblorosas estrellas. Sus hijos debían estar fuera, admirándolos. Le había pedido al resto de su familia que los sacaran con esa excusa para poder dejar los presentes bajo el árbol sin ser visto. Era medianoche, los regalos permanecían ocultos, y su madre yacía y yacería en aquella cama. Su madre. Entonces, el hombre recordó: algunos decían que no era la modelo quien tenía hincado el vientre, sino María, como un signo imperecedero de que su maternidad le había merecido el sueño en vez de la muerte. El sueño. Supo que debía hacer. Apretó los labios. Se irguió y revolvió dentro del armario, tomó la bolsa en la que estaban los regalos y luego se agachó junto al cadáver. Recogió dos frascos y la mayor parte de las pastillas. Las echó en la bolsa. Dejó sólo unas pocas para que el suicidio pareciera accidental. Esperó que los médicos le creyeran. Mientras rodeaba la cama, contempló aquel cielo florecido. Un punto atravesó nuevamente aquel paisaje de colores explosivos. Lo miró y descubrió que era sólo una abeja. Abrió la ventana antes de salir de la habitación.

Recorrió el pasillo a oscuras, guiado por la luz en su otro extremo. El comedor estaba vacío, la mesa servida, las sillas en desorden, la puerta entreabierta como un par de labio, dejando fluir risas y voces distantes. Colocó los regalos bajo las ramas del árbol. Luego, fue al baño y arrojó las pastillas por el excusado. Más tarde dejaría los frascos, sin sus etiquetas, por algún basurero y en casa sólo quedarían dudas para absolverlos de los tiempos que vendrían. Por la mañana ya no habría Navidad y la muerte continuaría siendo un acertijo demasiado complejo, tanto que necesitaría una vida entera para resolverla. Pensó que, a veces, con una sola no basta.

Entró al jardín.