Blog de murderin221b

zenda

Lingua franca

Escrito por murderin221b 20-10-2019 en zenda. Comentarios (0)

La primera vez que vi cómo te golpeabas, éramos pequeños. Abrías y cerrabas las manos, gritabas en silencio, acompañando cada gesto con un puñetazo inexplicable. Yo apenas llegaba a tu pecho. Aun así salté sobre ti. Quise abrazarte, besar tus mejillas, beber tus lágrimas, hacerlas mías. No pude. Sólo supe llorar. Lentamente tus dedos se aflojaron y comenzaste a acariciarme la cabeza tenuemente, como las tímidas ráfagas de una brisa que no acaba de llegar. Y aunque me agobiaba tu tristeza, no pude disimular la felicidad que sacudió mi cuerpo. Reí. Entonces me miraste, los ojos translucidos, y acercaste tu rostro al mío. Te oí reír a tu manera. “Gracias”, me llamaste. Desde aquella noche, dormimos juntos. Al día siguiente, me permitieron acompañarte al colegio. Luego a la iglesia. Al parque. A casa de tus abuelos, de tus amigos, de tus tíos… A veces, me alegra pensar que tú y yo y el mundo crecimos juntos.  “Gracias”, me llamaste, y aunque no te entendí en aquel entonces, sentí  como si ya no fuera capaz de tener sed o hambre o miedo o esos sueños que me hacen querer correr fuera de mí.

Aprendí a predecir tus tristezas, pude estar ahí antes de que se nublaran tus ojos. Fue fácil. Entender tu lengua, no: era tan misteriosa como nuestras diferencias, pero me enorgullece pensar que conozco lo esencial. Por ejemplo, llamas “Toby” a mi presencia, “mover la cola” a mi risa, “bien” a lo que te agrada, “no” a lo que no, “jugar” a divertirse, “pasear” a salir de casa juntos, “ahora no” a la necesidad de estar solo, “adiós” a no vernos por un tiempo, “hola” a vernos tras un tiempo y “comer” a comer. Tu lenguaje resultaba… poco práctico, pero bastó que fuera tuyo a para que deseara compartirlo. Aprendí mucho. Aun así mi palabra preferida sigue siendo “Gracias”, aquel nombre secreto que me das cada vez que he sabido ser tu amigo.

Ha pasado el tiempo. Todavía me llamas así a veces, aunque creo que ya no te hago tan feliz. Será porque estoy viejo. Y me duele el costado. Y me cuesta caminar. Y jugar. Y correr a recibirte. Y debo conformarme con ponerme de pie y reír cuando llegas a casa. De vez en cuando miras con la expresión de las nubes que ennegrecen el crepúsculo. Me siento culpable. Inútil. Tengo miedo. De repente olvido cómo reír y trató de, al menos, llorar en silencio. Afortunadamente, eres tan bueno y tan sabio como las estaciones y agradezco inmensamente que tú también  hayas aprendido a leerme cuando hincas las rodillas en el piso, pones tu frente sobre la mía y murmuras melodías que suenan a domingo por la mañana y vacaciones.

Algunos días, ni siquiera puedo levantarme cuando llegas. Hoy es uno.

Escucho el sonido de la puerta e intento conseguirlo sin que veas mis esfuerzos. Eres demasiado rápido. Trato de reír para borrar la sombra de tus ojos. No puedo. Como de costumbre, te tiendes a mi lado y me abrazas. Pero hoy, al ponerte de pie, suspiras, coges el teléfono y siento como tu voz se ondula y se quiebra. Otra vez duele la distancia de mi propio cuerpo.

Tras colgar te acercas y dices que todo irá “bien”.  Me alzas y no puedo creerlo. Me alzas como cuando éramos pequeños, me alzas como me alzaste la primera vez que nos vimos, cuando tu padre me subió a su coche y me sentí solo mientras me alejaba de mis hermanos y mi madre, mientras contemplaba árboles desconocidos correr a través de la ventana, mientras notaba que frenábamos y me preguntaba qué sería de mí. Al abrirse la puerta, te vi. Sentí tus manos y tu risa y cómo me embargaba una inesperada calma. De repente me olvidé de mí. “Vamos”, dices, y regreso a este momento. “Haremos que te sientas mejor”. Y yo, entre tus brazos, comprendo que estaré “bien”.

El coche se mueve despacio, siento el asfalto fluir debajo nuestro. Sólo apartas la mano de mi cabeza para cambiar las marchas, y aunque a veces me duermo, pongo todas mis energías en sentir la tibieza de tus dedos sobre mi cabello.

Llegamos. Ahora entiendo: estamos en el “doctor”. Antes odiaba venir, pero la edad me ha enseñado que aquí me traes para quitarme el dolor. Entramos, nos hacen esperar. Te sientas conmigo en las rodillas. Vuelvo a dormirme un instante. Nos hacen pasar a una sala más pequeña. Me recuestas sobre una camilla. Tengo algo de miedo, pero tu palma no se aparta de mi mejilla.

Cuando entra el “doctor”, evita mirarme. Me arrepiento de no haberlo saludado. Me toca, me examina, investiga cada parte de mi cuerpo. Presiona el costado, no puedo evitar gemir. Voltea y te habla en voz baja.  Su murmullo no se parece al que tú haces cuando haces música sin palabras. Sale y de repente lloras. Quiero acercarme, sólo consigo imitarte. Entonces tú te inclinas, acercas tu cara a la mía, suavemente te golpeas las sienes y esta vez no puedo hacer nada.

El “doctor” regresa con una jeringa en la mano. Te apartas lentamente.  Introduce la aguja en mi hombro y agradezco el dolor, pensando que pronto estaré bien, pronto podré abrazarte y beber tus lágrimas y reír contigo. El doctor se va y vuelves a recostarte sobre mí. Percibo la calidez de tus lágrimas mientras me embarga nuevamente el sueño.

Quiero permanecer despierto, pero la realidad se disuelve mi alrededor, como el aliento sobre las ventanas en un día de invierno. Aun así me aferro a tu rostro, te miro y de repente sonríes. Me sonríes. Y aunque estoy más cansado que nunca, y aunque no estás acostado a mi lado, y aunque nuestro hogar está muy lejos, me arroba una serena felicidad al descubrir que que ahora mismo tú estás bien, a pesar de mí. Tú eres “bien”. Finalmente río. Y mientras se cierran mis parpados, me tranquilizo al escucharte reír despacio.

“Gracias”, me llamas.


Una duna

Escrito por murderin221b 22-09-2019 en zenda. Comentarios (0)

Una duna

La mañana del 24 de agosto de 1991, Gale Hancock se metió en su traje, se atiborró de lechoso cereal y huevos, leyó titulares del periódico y las efemérides, y se dirigió a su trabajo en la zona céntrica de Toronto con la consciencia de aquel día el Vesubio entraba en erupción, los visigodos saqueaban Roma, el sitio de Cádiz llegaba a su fin, Estados Unidos sufría su primea invasión, París era liberado del poderío alemán y nacía Jorge Luis Borges, escritor.

En algún punto del trayecto, cedió la cabeza. Posteriormente Hancock confunde en su relato el contraste entre aire gélido y el roce sofocante de la muchedumbre, su propia prisa y la ajena, el sinsentido de los edificios entrecortando el cielo, la difusa frontera de los cuerpos. Habla también de un perplejo semáforo que enseña sus tres colores al mismo tiempo. Es lo último que recuerda .La cámara de un cajero automático lo registra inmóvil durante varias horas en una esquina. Un transeúnte casual contaría a la policía que creyó oírlo decir algo en un idioma extraño. Doce años después, Gale Hancock, ciudadano canadiense, devoto campista, frustrado académico, sobriooficinista, desaparecido misteriosamente en Toronto, emergería en Argentina, al ser detenido por un guardia de Seguridad de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Nos toca a nosotros excusar a su memoria.

Como primer paso, vinculamos la fecha con aquel semáforo de tres colores; tratamos de encontrar el patrón entre ambas y arriesgamos, a la luz del final de nuestra historia, que el único eslabón entre estos hechos fue el símbolo. No un símbolo en particular, sino EL símbolo detrás de la escritura y de los rupestres garabatos de Lascaux, la perenne necesidad de unir cosa e idea. Sabemos que Hancock leyó alguna vez a Borges. También varó dos años en la Universidad local, planeando convertirse en Bachellor of Arts, antes de resignarse a trabajar a jornada completa ydevenir en lector serial de periódicos. Podemos presumir que alguna diferencia entre su vida y la vida que hubiera deseado tener finalmente se hizo con el control total de sus sentidos. Hancock decidió ir hacia el sur. A pie.

Atravesó el mundo sin darse cuenta. El elocuente 14 de Junio de 2003 se presentó, barbado, sucio y decidido en la entrada de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, de la que el obvio fallecido había sido director. Adujo que buscaba un libro “que sólo podría reconocer al abrir dos veces en el mismo sitio y no reconocerlo”. El guardia de seguridad hizo tres cosas: la primera —un pecado— negarle la entrada; la segunda, buscar a alguien que entendiese inglés, la tercera, dar aviso a las autoridades. Con celeridad característica, los oficiales de policía argentinos lograron atrapar a Hancock tres meses más tarde en la frontera con Brasil, cuando se disponía a regresar a la jungla. Unas semanas después dieron con su nombre.

A partir de los irregulares recuerdos hilvanados por familiares y psiquiatras, junto a los testimonios de testigos, podemos intentar justificar sus acciones. Como dijimos antes, la coincidencia entre su insípida rutina, el cumpleaños del escritor para el que un espejo era sólo un laberinto cotidiano y, por último, la inesperada importancia de un símbolo ordinario como es el semáforo, transfigurado por su repentina indecisión, acabaron por despertar en él una apabullante cordura, una exactitud desprovista de circunstancias. El resto de las respuestas la hallamos en la humilde colección literaria de su departamento. Una copia del Libro de Arena en francés residía entre su avara biblioteca. En esta, el personaje al que el autor imputa su propio apellido, se topa con un volumen que los contiene a todos. Primero embelesado, finalmente abrumado por esta discreta versión del manantial de Mimir, Borges decide perderlo en un anaquel de la Biblioteca que administra, ignorante de las consecuencias de este ficticio extravío. Hancock, ya recuperado, recuerda vagamente que se proponía comprobar si entre las infinitas páginas figuraba su propia travesía. Desde esta perspectiva, nuestro viajero es sólo un hombre que trata de probarse digno de un destino.

El último punto oscuro parece aclararse por aquel testigo que oyó hablar a Hancock en una lengua extraña. Sometido a la rigurosa lectura de cada uno de los ejemplares que abultaban su Biblioteca, este cree reconocer el tono y música de los versos iniciales de una Divina Comedia bilingüe:

A mitad del camino de la vida

Yo me encontraba en una selva oscura,

Con la senda derecha ya perdida.

¡Ah, pues decir cuál es cosa dura

Esta selva salvaje, áspera y fuerte

Que en el pensar renueva la pavura!

A pesar de lo singular del caso, tal vez nada debería parecernos tan extraño. Puede entreverse que en su mente, Hancock jamás erró perdido, sino que sólo peregrinó más allá de la brújula y el mapa, como aquel caminante de Machado. Para Hancock, para el loco Hancock, para el iluminado Hancock, probablemente su odisea no comenzó en 1991, sino que penaba los mismos años de su edad, la edad de sus aspiraciones y sus sueños. Tal vez, incluso — si es que en verdad cordura y sinrazón son sólo uno—la edad de los sueños de los hombres. Lógico es que entonces los rascacielos de Toronto, los enmarañados árboles de Centro y Sud América, las estanterías de largas bibliotecas y las palabras frondosas de esos libros que nos leen vida a vida se le revelaran simplemente como una sola sucesión de selvas de distinta anatomía, en la que nuestros pasos desraizados componen a lo sumo una palabra. Tal vez quiso tan sólo averiguar cuál era la suya.


Anamnesis

Escrito por murderin221b 07-05-2019 en zenda. Comentarios (0)

Anamnesis

Conoció la guerra a través las cartas del padre; no lo guió la lanza ni lo bautizó la sangre. Aguardó su retorno con infantil persistencia. Días, semanas, meses, años, hasta que la espera se tornó un solo instante inerte, dilatado de variaciones irrelevantes. Al final, sus súbditos y esclavos dejaron de serlo: la madre guardó luto hasta que la ciudad le requirió marido. La boda fue feliz; austero el matrimonio. El hijo continuó escrutando el horizonte hasta que su vista comenzó a confundir la vela con la nube: la edad llegaba antes que su padre. En la guardia, sólo lo acompañaba un perro. Cuando este murió, el hijo reconoció que el tiempo no aguarda por los hombres, a pesar de que sólo a través suyo es que persiste. Se percató de que la memoria sólo le sería tan fiel como aquel can, de que el agua no puede existir sin algo que la contenga. Aprendió a frecuentar la poesía.

Comenzó a entrelazar los episodios de aquella guerra unánime que tantas glorias imputó a su pueblo. Los cantos fueron alabados y repetidos hasta rebasarle: durante una visita al continente, un bardo trató de agasajarlo. Cuando su anfitrión lo descubrió meciendo los labios, acunando las palabras que el otro rapsoda declamaba, le preguntó si acaso ya había oído antes aquel poema. Supo entonces que la inmortalidad prescinde de sus artífices. Los lechosos ojos aún servían para llorar.

Dueño ahora de esta sencilla alquimia, sabiendo que la realidad no es condición de la historia, avocó los años últimos a componer el retorno de su padre. Desparramó el océano de islas y sembró una senda entre las olas. Su padre hallaría el camino a través de las palabras; la cítara lo absolvería de la seducción de bruja y de sirena. Cuando arribase a su tierra, descubriría que aquel reino lo había absuelto de la memoria y agradecería la dignidad de aún ser nadie. Caminaría entre las calles con la impunidad del extranjero. Reconocería adoquines y erosionadas esquinas, respirando la fresca sal que el aire dispersa entre los muros. Sin darse cuenta, llegaría a su hogar. Sólo su perro lo sabría, a pesar de cómo lo había ungido el viaje. A causa de su apariencia, más tarde debería presentarse a su propio hijo, quien lo amaba más de lo que podía recordarlo. Juntos urdirían un plan y matarían a los usurpadores, reclamando a la vez corona y nombre. Esa misma noche celebrarían un banquete y el hijo finalmente podría ver cómo  la encallecida mano paterna acariciaba las palmas de su madre con la irrefrenable serenidad de las mareas.

Cuando el poema se separó de él, Telémaco, hijo de Odiseo y Penélope, prófugo príncipe de Ítaca, selló los turbios ojos. Por aquel entonces, ya nadie conocía su linaje y sólo lo llamaban “el que no ve”. Hómeros, en la lengua de sus versos.


Los destierros

Escrito por murderin221b 26-03-2019 en zenda. Comentarios (0)


Me avergonzó descubrir que dentro de la fosa ya no podía distinguir cuál era mi padre.

Alguien se apiadó de mi falta de años y me dejó ir. Huí a los montes, donde aprendí a ungir las manos con sangre. Propia, de amigos, de enemigos, sangre del mismo color, con el mismo olor a pólvora y el mismo sabor a sal y musgo. Creía en la República, como creía en el hambre y en la soledad de mi infancia. Creía por creer en algo nuevo. En España podrá faltar comida, pero no el acero. Luché hasta que la muerte, al final, me dejó solo en el bosque con un revólver oxidado. Entonces, sentí cansancio. Y miedo. Tranquiliza mi consciencia el no saber qué ocurrió primero.  Enterré el arma bajo una encina, que aún hoy podría reconocer y volví a la ciudad, sabiendo que pronto debería abandonarla. Mis amigos me dieron muchos consejos, algún dinero y un destino.

—Te vas  para América — dijeron, poniéndome el pasaje entre los dedos. —A Mendoza, al pie de Los Andes.

Nací en Albarracín, con la montaña despuntando siempre por el rabillo del ojo; me pareció apropiado.

Sólo pregunté quién era mi contacto.

—José Alonso, se llama. Es buena persona. Aunque sea franquista.

Cuando oí esto, la tranquilidad que había venido ahorrando desde que abjuré del monte se desvaneció.  Todavía recordaba el murmullo de la bala al anidar en la carne y ni siquiera la lejanía parecía suficiente para apartarme del pelotón de fusilamiento. Protesté. Tanto como pude. Pero la verdad es que tenía más reservas que opciones, así que acabé fumando mis dudas en solitario, ya sobre la cubierta del barco.

Habían tratado de tranquilizarme. Me dijeron que Don José era tan franquista como yo republicano. Por descarte. Por hambre. Por la soledad de su infancia. Venía de una añeja familia que decidió dejar España durante la Segunda República, tras morir su hermano mayor durante las refriegas que enmarcaron el asesinato de Calvo Sotelo. Claro que sí, les había dicho el funcionario pertinente, por supuesto que pueden marcharse, son libres. Ahora bien, el niño se queda. Verán, llevárselo con ustedes equivaldría a privarlo de su propia flamante libertad de disfrutar de este sistema democrático, y eso no podemos permitírselo. Sería una crueldad, ¿entiende?

Así es como José Alonso partió hacia América dentro de una maleta, rodeado de una parentela profusamente cargada para disimular su presencia.

La historia me había descolocado. Pensé más que de costumbre en mi padre.  Por primera vez que me cuestioné la razón por la que había tirado del gatillo. Yo tiraba para poner distancia entre el pasado y yo, tiraba por la posibilidad de una tierra sin más rey que mis necesidades. Pero el régimen que a mi prometía aquello era el mismo que a él se la había negado. Me sorprendí, con la vista turbia de mal vino y horizonte, pensando que las banderas a veces hacen pésimos disfraces.

Cuando llegué a Mendoza, seguí  las indicaciones dadas y aunque esa provincia no era más que un montón de fincas salpicadas de casas de adobe, no tuve problema en hallar la dirección. Cuando toqué la puerta, me abrió un tipo de metro noventa, cara flaca, ojos azules y cabello rubio engominado. No dijo nada. Tardé un segundo en comprender que no tenía por qué. Me presenté atropelladamente.

MinombreesRamiroBorjameenvíaCarlosCasado.

Mucho gusto.

Asintió y se hizo al costado. Me indicó con una mano enorme que pasara. Lo hice, sintiéndome como se debió haber sentido Bruto al ocupar su banca durante los Idus de Marzo. Una mujer rechoncha me saludó con claro acento andaluz, mientras desplumaba una gallina, rodeada de presurosas criadas.

El hombre me indicó que lo siguiera. Juntos atravesamos los pasillos de aquella casa laberíntica, que olía a frío y a lavanda y a estofado y a caoba y a chimeneas encendidas en las habitaciones. Me habían dicho que gozaba de buen pasar, pude confirmarlo. Al salir, atravesamos un jardincito manchado de flores, el césped quebrado por un arroyo. Caminamos hasta un galpón de reluciente chapa. Noté el zumbido de voces en su interior.

Adentro había dos hileras de camastros enfrentadas, separadas por un pasillo, a través del cual corría una mesa tan larga como el edificio. Unas treinta personas se vestían o recogían sus cosas para irse a afeitar fuera. Los reconocí sin necesidad del nombre; todavía penaban ese aire tan familiar a tormenta en ciernes y a vigilia. Mi guía señaló un camastro libre en el extremo y de repente comenzó a recitarme los horarios de las diversas comidas, los sitios de interés, las tabernas, pulperías y bodegas, los amigos que estaban en condiciones de tomar de empleado a alguien como yo, las razones por las que ya vería cómo todo marcharía bien…

Me sentí abrumado. Él era franquista. Yo republicano. Y lo único que hasta ahora había intercambiado con uno eran disparos. Sentí que le estaba ocultando un dato esencial, algo que le haría retirar su oferta inmediatamente, algo que de saberse me devolvería de nuevo a los montes, a desenterrar mi revolver y a perseguir la muerte ajena o propia. Me comentaba que su mujer era una excelente cocinera cuando lo interrumpí.

—Lo siento, Don Alonso. Pero no se lo he dicho antes: yo soy …

Alzó la misma mano con la que me había invitado a entrar, deteniéndome. Negó con la cabeza con la lentitud de quien sabe que el tiempo sólo existe a través nuestro. Habló y creó que fue lo primero que en verdad le oí decir:

— Aquí ninguno es nada. Te llamas Ramiro Borja, yo me llamo José Alonso y sólo somos españoles. La cena es a las ocho.

Y siguió hablando como si nada sobre las habilidades culinarias de su mujer, sin saber que allí mismo frente a él, a un océano y medio continente de distancia, yo entendía de qué hablaban mis mayores cuando hablaban de patria.

Aquella noche comimos paella.

El duelo

Escrito por murderin221b 10-03-2019 en zenda. Comentarios (0)

El duelo

—Tan linda, tan sola. El mundo es cada días más raro, ¿no es cierto, señorita?

El tipo se inclinaba hacia atrás sobre el asiento del tren, intentando mantener el equilibrio por encima de las tablas que componían penosamente los respaldos de aquel vagón de tercera.

La chica no le contestó, los ojos extraviados sobre el paisaje que se deslizaba a través de la ventana. Las copas de los árboles, surcadas de otoño y sombra, fluían rápidamente, como el lomo de un tigre, en dirección contraria. Por encima de ellas, un cielo anaranjado enmarcaba los extremos del bosque a nuestro alrededor. El humo del tren se confundía con los pocos nubarrones que naufragan contra el ocaso. Su silencio no lo desalentó.

—Oiga, señorita, me gusta su cabello. Casi no me molesta que me dé la espalda. Aunque, por supuesto, si la cosa sigue así, me gustaría que aunque sea estuviera de pie.  Más para ver, digo.

Ahora la provocaba. No hubo respuesta. Me removí, incómodo, en mi propio asiento. Había querido evitar a los demás pasajeros desde que dejamos la estación, pero la indiferencia resulta algo imposible en tanto uno se empeñe en ejercerla. Quise imitar a la chica; a través del cristal lo único que pude percibir fue distancia. Distancia de un hogar al que ya no podría volver, distancia de cuerpos que no me ahorrarían el frío, distancia de una vida que ahora era tan ajena como el nombre que disfrazaba  mi pasaporte. Pensé que sobre ella, yo y aquel idiota pesaba la misma soledad y que todas las circunstancias de nuestras vidas eran sólo una penosa excusa para ella. Al final, cada uno nace con su propio infierno por delante, y lo único que puede decidir es si compartirlo o reclamarlo. El otro tipo y yo, pensé, éramos tan sólo extremos de aquella decisión

—Oiga,  ¿por qué no me habla, señorita? No quiere hablarme. No. No. Será que no tiene nada por decir. Eso es más probable, a una chica linda las palabras no le hacen falta, ¿cierto? No se preocupe, puede dejármelo a mí. No necesitamos su boca para eso.

Nada. Noté que ya las frases no le surgían tan fácilmente y que intentaba compensar su vacilación acercando su rostro al de la joven.  A ese ritmo, en dos minutos ya estaría sentado a su lado, pasándole el brazo por encima del cuello. Me arrebató algo parecido al asco. Luego recordé que asquearse de la conducta ajena era un privilegio que ya había perdido hace tiempo. El tipo se acomodó y pude ver como el rubio cabello de la chica vibraba entre su aliento. Pensé en alguien muy lejos, a quien ya no merecía, pasando quizás en este instante por lo mismo que aquella joven frente a mí. Sospeché que no era aquel idiota quien me inspiraba desprecio.

— ¿Qué ocurre, señorita, que no quiere contestarme? ¿Acaso la intimido? ¿La asusto? ¿Tiene miedo de los hombres? — rozó con el dedo uno de sus rizos—. Dime, ¿qué tienes?

Inconscientemente me lleve la mano a la cintura, reconocí a través del saco la metálica silueta.

Entonces puse por primera vez toda mi atención sobre la chica: tenía los ojos azules. Algo restalló detrás de ellos. Lo reconocí; he estado a punto de morir tantas veces, he muerto aún muchas más. No alcancé a darle forma al pensamiento, fue algo natural, instintivo. En otra situación, me hubiera arrojada al piso. Ella se volteó, rodeada del negro revoloteo de su vestido. Apenas cabía el aire entre sus rostros.

— ¿Sabe qué tengo? ¿Sabe? Tengo un marido, cuyo cadáver me espera en las minas, tengo una deuda del tamaño de todos los insultos que no voy a malgastar en usted, tengo un hijo en casa, al que aún no le he dicho que ya tiene un padre  de quien no recibir cartas el día de su cumpleaños. ¿Y sabe qué más? Tengo prisa. Prisa por acabar con todo esto y volver, porque cada día que paso aquí, lejos de todo, especialmente de mi trabajo, es una moneda menos en mi bolsillo, un plato menos sobre la mesa y una razón para seguir vistiendo de negro otro día.

Volvió a tomar asiento. Las ondas de su vestido amainaron suavemente, sumiéndola de nuevo en un luto que todos habíamos procurado obviar. Las ruedas del tren traqueteaban con una inesperada calma.

El hombre ni siquiera pestañeó. El silencio era la única muestra de dignidad que cualquiera podría haber demostrado en aquella situación. Levemente acercó la punta de los dedos a su sombrero en un tímido saludo y volteó. Por primera vez observé a la chica, observé su rostro asomando entre la oscuridad del vestido y de la cofia, observé su soledad como en un espejo o en la noche, y cuando me devolvió la mirada, observé que de aquellos ojos fieros brotaba una sola lágrima desafiante, que inexplicablemente me recordaba al humo tras un disparo.

Nos contemplamos con el impune respeto de quien reconoce a otro exiliado.  Luego también yo toqué el ala de mi sombrero e incliné la cabeza. Miré por la ventana, percibiendo un tenue alivio. Por un instante me avergoncé de pensar que me habían necesitado. Una marejada de ocaso teñía de escarlata el interior de aquel vagón de tercera, mientras yo enrojecía levemente. Como una señorita.