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Y las dos caras de Jano miran hacia el mismo lado

Escrito por murderin221b 21-10-2018 en zenda. Comentarios (0)

Y las dos caras de Jano miran hacia el mismo lado


Tras la ventana,

cae el invierno.


Leo el poema

como recorriendo

el naufragio de un bosque:

“Límites”;

Borges se clava

los obituarios

de momentos idos

sin despedirse.


Sin despedirnos.


Borges se ancla

sobre las cuencas de su nombre,

y, ya ajeno, pregunta

cuánto de sí se habrá ido

junto a esos instantes,

que zarpan silenciosos

como botes

con las amarras rotas,

cuánto nos queda una vez

que sólo quedamos

nosotros.


Bien, he leído a Borges. Muchas veces.

Y no logro recordar este poema,

a pesar de que encallo

sobre sus “Obras Completas”

cuando la tarde es árida

y la voz es roma

y mi página tiene blancura de interminable esclerótica

y el café oxida olor a sueño y a destierro.


O sea, después de siete.


He leído a Borges tantas veces,

como me he leído a mí.

Y juro que no recuerdo este poema.


Hoy es la primera vez que lo leo,

en todo el país del verbo.

Incluso aunque que ya sus letras

hayan atestado mis ojos antes,

como las estaciones de trenes

en las que no bajamos.


Y hoy siento eso que siento al ver caer una hoja

preguntándome si acaso

habrá llegado el otoño.

Siempre una gota

inaugura a la tormenta, ¿no es cierto?


Y soy de repente

una dicha apremiante

y una angustia con aroma

a té verde y limón y a océano que aún no vemos.


Me ha pasado por primera vez

algo que, por fuerza, había pasado.

Me ha pasado algo,

y afortunadamente esta vez

estaba ahí.


Tal vez sea que hoy

yo me parezca un poco más

a mí.


Afuera las ramas

desnudas del cerezo

trisan el espacio,

como rayos tímidos

Y aún me pregunto,

escribiendo esto,

si entre alguna de ellas,

anida el pimpollo

que trae en silencio

a la primavera.


Estrofa

Escrito por murderin221b 21-10-2018 en zenda. Comentarios (0)

Estrofa


Camino.

Cae otra hoja a mis pies.


Se alza el otoño.


Yo marcho como una sed,

intercalando faroles,

haciendo de la noche mi sombra

y de la sombra un sendero.


A mi alrededor

arde un frío

que adentro quema.

La ausencia

de muchos nombres

me invita a dormir

el sueño de aquellas piedras

que anclan el río a su arteria.


Pero las hojas aún caen,

peregrinando a mis pies,

con la esperanza de un rezo

o la firmeza instintiva

de una vela solitaria.


Y a cada paso crepitan.

Crepitan y me recuerdan

que por todo viajero

aguarda un fuego.


Camino:

nada florece

bajo el pie.