La caza

Escrito por murderin221b 11-11-2018 en zenda. Comentarios (0)

Ya he sido aquí. Reconozco este cuerpo, sus dolores, la manera en que se endurecen los músculos al percibir la cadencia de la sangre. Empieza a llover. Fluyo a través las sombras, mi pelaje se funde con ellas. Sé que me espero en algún lugar de este cerebral laberinto. Atento, escucho la hierba se agitándose. Corro hacia allí.

—He sido esta hambre, he sido este miedo, he sido este coraje cauteloso—.

De repente una sombra oscurece a la penumbra. Reconozco aquella lanza, aquel callado que diluirá nuestra lejanía. Abro las mandíbulas y ataco. Mi otro cuerpo no grita. No me sabe. Sólo se voltea con la precisión de años de prever aquel instante, de calcularlo, de esperarlo, hasta el punto en que la realidad se torna un eco del destino al que nos hemos condenado. Noto los brazos tensos, las piernas. Sufro mi actual lentitud. Siempre me preocupó que la suerte hubiera sido dueña del honor con que me ungieron. No es así. Caigo sobre el filo y descubro la frialdad de la carne separándose. Una brisa corre por donde no debería correr.

—He sido esta sed, he sido este aire, he sido esta tierra herrumbrada.

Me desplomo con miedo y un algo de orgullo. Mi otro cuerpo avanza. Nos miramos. Me entierro en el negro de sus ojos. No puedo evitar gruñir. Sé que aquella vista débil no podrá desentrañar la complejidad de este asimétrico espejo. Un pie me pisa el flanco. Luego, la lanza bautiza mi partida.

—He sido este monstruo, he sido este nombre, he sido la sangre que nos une—.

Las sombras empiezan a ahogarme la vista. El sonido de la lluvia se mezcla con retazos de voces lejanas. Contra los árboles reverbera tímidamente un fuego que mi mujer ha preparado. Tengo frío y así debe ser, pero extrañaré la calidez de esta calma de lecho. Mi pueblo me despide solemnemente. Alguien me pone entre las callosas manos la lanza con la que me hice, aquel callado que diluyó nuestra lejanía. El viaje se alza y siento nuevamente como se anuda el camino a mis piernas. Las hojas olean como un adiós.

—He sido estas plantas, he sido estas piedras, he sido Teotihuacán, Tollan-Xicocotitlan, Aztlán, Tenochtitlán, México—.

Cierro las zarpas, no, las manos, sobre la piel de oro y noche, con la que me ha arropado siendo bestia y hombre. Trato de cubrirnos una vez más. Lo logro. La frescura de la hierba me arropa y el calor de la paja y las manos tibias y los labios y las mejillas húmedas se extravían en una paz repleta de estrellas.

—Ya he sido aquí—.

Un viento pulmonar se cuela entre mis árboles, agita mis ramas. Me desenredo en un acertijo de ríos ocultos de los que beben atemporalmente todas mis formas. Llovizno y siento como crecen mis raíces. Mi corazón vuelve a palpitar la cacería. Estiro las garras, aferro la lanza.

Corro a perseguirme a través mío.