Slice of life

Escrito por murderin221b 17-02-2019 en zenda. Comentarios (0)

Slice of life


En aquel entonces te contaba que estaba aburrido,

y tú me respondías que el problema era yo,

que si yo era dueño de aquel aburrimiento,

también era dueño de deshacerme de él.

Luego reías, satisfecha de tu sabiduría impune,

y bebías

lo que sea que tuvieras entre las manos

según el tiempo y su sed:

Agua, soda, gaseosa, cerveza, vino, whiskey, una risa, whiskey de nuevo…

Tenías razón, sin importar que tomaras.

Yo lo sabía, incluso más que tú,

simplemente me gustaba cuando lo recordabas.


Creo que, en realidad, los dos estábamos aburridos,

sólo que mi aburrimiento crecía en mis huellas,

y el tuyo en la arena virgen;

sólo que yo lo admitía en voz alta, como un epitafio,

mientras tú escondías chicle debajo de los bancos,

y aceptabas labios y bombones de tipos sin futuro,

y susurrabas canciones perdonándoles la letra,

cuando te hablaban de todos los cielos que podían mostrarte, mientrastú les bebías la sed. 


Y por eso mi aburrimiento te intrigaba,

como intrigan los espejos y sus gestos invertidos:

a ti la vida te ocurría,

a veces como una llovizna

otras como un huracán,

a veces como una sequía del tamaño de la certeza.

Yo, en cambio, le ocurría a la vida.

Incoscientemente, sin quererlo, yo era la lluvia,

y así acabé por tenerte sólo a ti,

que tanto ansiabas ahogarte.

Era la razón de todas esas cosas que hubieras preferido no saber.

El secreto que nadie quisiera escuchar.

Así, herida y todo, te vi domesticar mis tormentas

 y amé que no te dieras cuenta.

Supongo que por eso, permanecías a mi lado,

a pesar de mí: simplemente porque mi tedio

era algo que envidiabas,

porque era una sed que no se calmaba

con alcohol, ni orgasmos, ni respuestas,

porque yo no la necesitaba,

porque aunque ambos compartíamos la costumbre del naufragio,

nos hallábamos de lados distintos del barco.


No estoy seguro en qué instante decidí regalarte mi ausencia,

pero creo que todo empezó cuando me hiciste esa pregunta.

Yo sentí…no, supe, que si no era capaz de responderte

no era capaz de permanecer a tu lado,

como si fuera una especie de sombra

aferrada a tus pasos, en medio de la noche.


Me dejé ir, e interpuse entre nosotros

estaciones y andenes, el fondo de los vasos y los libros, nombres difíciles de pronunciar y verdades opalinas.


Y es que tu pregunta era un eco huérfano, un mapa del tamaño del planeta:

“¿Oye, que es amor?”, dijiste.


Sé que conocías la respuesta,

sé que probablemente, para ti, ella se me pareciera.

Y de repente, sin querer, me diste tu aburrimiento;

súbitamente imputaste

espejos, sendas perdidas,

la melancolía del ocaso.


“Oye, qué es…?”,

ME dijiste.


Esa vez no bebiste nada.

No masticaste chicle ni chocolate.

No desmadejaste una melodía inexistente.

Tan solo me miraste a los ojos

y de repente me contagié de tiempo, de nombre, de distancia con la forma de tu cuerpo.

Todo yo fui una frontera fugitiva.


No podía responderte, lo sabías, porque ahora yo era dueño de tu aburrimiento

y así también era dueño de deshacerme de él .

Debía irme, por supuesto; "¿cómo se comparte el vacío?"

pensaba en aquel entonces.


No hui, ¿sabes? Sólo decidí poner el mundo entre tu pregunta y yo.

En alguna vergonzosa herida del silencio me juré volver,

como vuelven las hojas que han caído al pie de los árboles

a ocupar su copa tras un mar de inviernos.


Tardé muchas sombras en comprender la noche.


Y aquí me tienes ahora, hecho un jirón de mareas,

con un aleph en el pecho, más aburrido que nunca,

ávido de tu risa y tus respuestas cáusticas,

amo y señor orgulloso de este vacío perfecto.

Tómalo, es tuyo, lo hice para ti,

llénalo con lo que quieras, llénalo como me quieras,

con comentarios sarcásticos, con botellas de gaseosa, con papeles de chocolate, melodía vacantes o latas de cerveza,

destrúyelo plácidamente, dame un otoño anhelado.


He vuelto más hueco que nunca, repleto de campos vacíos, repleto de la sed del río, repleto del vuelo del cielo.

Soy un horizonte en desbandada,

desparramado para que tengas

donde correr

donde perderte

donde leerle las olas al agua

y esconder secretos entre el viento.


¿Sabes qué es lo mejor?

He vuelto con la ignorancia intacta para que juegues

y te rías de mis tormentas y bebas de mis sequías:

“¿Oye, qué es amor?”, dijiste.

Luego me miraste y supe

que finalmente me habías visto.

Ahora debía aprender

a hacer lo mismo,

con sólo mi aburrimiento para darte.


Niña, cuando me fui, no sabía qué era amor.

Vengo a decirte, orgulloso, que tampoco lo sé ahora.

Pero hoy sé que es contigo

con quien quiero averiguarlo.