Blog de murderin221b

Los destierros

Escrito por murderin221b 26-03-2019 en zenda. Comentarios (0)


Me avergonzó descubrir que dentro de la fosa ya no podía distinguir cuál era mi padre.

Alguien se apiadó de mi falta de años y me dejó ir. Huí a los montes, donde aprendí a ungir las manos con sangre. Propia, de amigos, de enemigos, sangre del mismo color, con el mismo olor a pólvora y el mismo sabor a sal y musgo. Creía en la República, como creía en el hambre y en la soledad de mi infancia. Creía por creer en algo nuevo. En España podrá faltar comida, pero no el acero. Luché hasta que la muerte, al final, me dejó solo en el bosque con un revólver oxidado. Entonces, sentí cansancio. Y miedo. Tranquiliza mi consciencia el no saber qué ocurrió primero.  Enterré el arma bajo una encina, que aún hoy podría reconocer y volví a la ciudad, sabiendo que pronto debería abandonarla. Mis amigos me dieron muchos consejos, algún dinero y un destino.

—Te vas  para América — dijeron, poniéndome el pasaje entre los dedos. —A Mendoza, al pie de Los Andes.

Nací en Albarracín, con la montaña despuntando siempre por el rabillo del ojo; me pareció apropiado.

Sólo pregunté quién era mi contacto.

—José Alonso, se llama. Es buena persona. Aunque sea franquista.

Cuando oí esto, la tranquilidad que había venido ahorrando desde que abjuré del monte se desvaneció.  Todavía recordaba el murmullo de la bala al anidar en la carne y ni siquiera la lejanía parecía suficiente para apartarme del pelotón de fusilamiento. Protesté. Tanto como pude. Pero la verdad es que tenía más reservas que opciones, así que acabé fumando mis dudas en solitario, ya sobre la cubierta del barco.

Habían tratado de tranquilizarme. Me dijeron que Don José era tan franquista como yo republicano. Por descarte. Por hambre. Por la soledad de su infancia. Venía de una añeja familia que decidió dejar España durante la Segunda República, tras morir su hermano mayor durante las refriegas que enmarcaron el asesinato de Calvo Sotelo. Claro que sí, les había dicho el funcionario pertinente, por supuesto que pueden marcharse, son libres. Ahora bien, el niño se queda. Verán, llevárselo con ustedes equivaldría a privarlo de su propia flamante libertad de disfrutar de este sistema democrático, y eso no podemos permitírselo. Sería una crueldad, ¿entiende?

Así es como José Alonso partió hacia América dentro de una maleta, rodeado de una parentela profusamente cargada para disimular su presencia.

La historia me había descolocado. Pensé más que de costumbre en mi padre.  Por primera vez que me cuestioné la razón por la que había tirado del gatillo. Yo tiraba para poner distancia entre el pasado y yo, tiraba por la posibilidad de una tierra sin más rey que mis necesidades. Pero el régimen que a mi prometía aquello era el mismo que a él se la había negado. Me sorprendí, con la vista turbia de mal vino y horizonte, pensando que las banderas a veces hacen pésimos disfraces.

Cuando llegué a Mendoza, seguí  las indicaciones dadas y aunque esa provincia no era más que un montón de fincas salpicadas de casas de adobe, no tuve problema en hallar la dirección. Cuando toqué la puerta, me abrió un tipo de metro noventa, cara flaca, ojos azules y cabello rubio engominado. No dijo nada. Tardé un segundo en comprender que no tenía por qué. Me presenté atropelladamente.

MinombreesRamiroBorjameenvíaCarlosCasado.

Mucho gusto.

Asintió y se hizo al costado. Me indicó con una mano enorme que pasara. Lo hice, sintiéndome como se debió haber sentido Bruto al ocupar su banca durante los Idus de Marzo. Una mujer rechoncha me saludó con claro acento andaluz, mientras desplumaba una gallina, rodeada de presurosas criadas.

El hombre me indicó que lo siguiera. Juntos atravesamos los pasillos de aquella casa laberíntica, que olía a frío y a lavanda y a estofado y a caoba y a chimeneas encendidas en las habitaciones. Me habían dicho que gozaba de buen pasar, pude confirmarlo. Al salir, atravesamos un jardincito manchado de flores, el césped quebrado por un arroyo. Caminamos hasta un galpón de reluciente chapa. Noté el zumbido de voces en su interior.

Adentro había dos hileras de camastros enfrentadas, separadas por un pasillo, a través del cual corría una mesa tan larga como el edificio. Unas treinta personas se vestían o recogían sus cosas para irse a afeitar fuera. Los reconocí sin necesidad del nombre; todavía penaban ese aire tan familiar a tormenta en ciernes y a vigilia. Mi guía señaló un camastro libre en el extremo y de repente comenzó a recitarme los horarios de las diversas comidas, los sitios de interés, las tabernas, pulperías y bodegas, los amigos que estaban en condiciones de tomar de empleado a alguien como yo, las razones por las que ya vería cómo todo marcharía bien…

Me sentí abrumado. Él era franquista. Yo republicano. Y lo único que hasta ahora había intercambiado con uno eran disparos. Sentí que le estaba ocultando un dato esencial, algo que le haría retirar su oferta inmediatamente, algo que de saberse me devolvería de nuevo a los montes, a desenterrar mi revolver y a perseguir la muerte ajena o propia. Me comentaba que su mujer era una excelente cocinera cuando lo interrumpí.

—Lo siento, Don Alonso. Pero no se lo he dicho antes: yo soy …

Alzó la misma mano con la que me había invitado a entrar, deteniéndome. Negó con la cabeza con la lentitud de quien sabe que el tiempo sólo existe a través nuestro. Habló y creó que fue lo primero que en verdad le oí decir:

— Aquí ninguno es nada. Te llamas Ramiro Borja, yo me llamo José Alonso y sólo somos españoles. La cena es a las ocho.

Y siguió hablando como si nada sobre las habilidades culinarias de su mujer, sin saber que allí mismo frente a él, a un océano y medio continente de distancia, yo entendía de qué hablaban mis mayores cuando hablaban de patria.

Aquella noche comimos paella.

El duelo

Escrito por murderin221b 10-03-2019 en zenda. Comentarios (0)

El duelo

—Tan linda, tan sola. El mundo es cada días más raro, ¿no es cierto, señorita?

El tipo se inclinaba hacia atrás sobre el asiento del tren, intentando mantener el equilibrio por encima de las tablas que componían penosamente los respaldos de aquel vagón de tercera.

La chica no le contestó, los ojos extraviados sobre el paisaje que se deslizaba a través de la ventana. Las copas de los árboles, surcadas de otoño y sombra, fluían rápidamente, como el lomo de un tigre, en dirección contraria. Por encima de ellas, un cielo anaranjado enmarcaba los extremos del bosque a nuestro alrededor. El humo del tren se confundía con los pocos nubarrones que naufragan contra el ocaso. Su silencio no lo desalentó.

—Oiga, señorita, me gusta su cabello. Casi no me molesta que me dé la espalda. Aunque, por supuesto, si la cosa sigue así, me gustaría que aunque sea estuviera de pie.  Más para ver, digo.

Ahora la provocaba. No hubo respuesta. Me removí, incómodo, en mi propio asiento. Había querido evitar a los demás pasajeros desde que dejamos la estación, pero la indiferencia resulta algo imposible en tanto uno se empeñe en ejercerla. Quise imitar a la chica; a través del cristal lo único que pude percibir fue distancia. Distancia de un hogar al que ya no podría volver, distancia de cuerpos que no me ahorrarían el frío, distancia de una vida que ahora era tan ajena como el nombre que disfrazaba  mi pasaporte. Pensé que sobre ella, yo y aquel idiota pesaba la misma soledad y que todas las circunstancias de nuestras vidas eran sólo una penosa excusa para ella. Al final, cada uno nace con su propio infierno por delante, y lo único que puede decidir es si compartirlo o reclamarlo. El otro tipo y yo, pensé, éramos tan sólo extremos de aquella decisión

—Oiga,  ¿por qué no me habla, señorita? No quiere hablarme. No. No. Será que no tiene nada por decir. Eso es más probable, a una chica linda las palabras no le hacen falta, ¿cierto? No se preocupe, puede dejármelo a mí. No necesitamos su boca para eso.

Nada. Noté que ya las frases no le surgían tan fácilmente y que intentaba compensar su vacilación acercando su rostro al de la joven.  A ese ritmo, en dos minutos ya estaría sentado a su lado, pasándole el brazo por encima del cuello. Me arrebató algo parecido al asco. Luego recordé que asquearse de la conducta ajena era un privilegio que ya había perdido hace tiempo. El tipo se acomodó y pude ver como el rubio cabello de la chica vibraba entre su aliento. Pensé en alguien muy lejos, a quien ya no merecía, pasando quizás en este instante por lo mismo que aquella joven frente a mí. Sospeché que no era aquel idiota quien me inspiraba desprecio.

— ¿Qué ocurre, señorita, que no quiere contestarme? ¿Acaso la intimido? ¿La asusto? ¿Tiene miedo de los hombres? — rozó con el dedo uno de sus rizos—. Dime, ¿qué tienes?

Inconscientemente me lleve la mano a la cintura, reconocí a través del saco la metálica silueta.

Entonces puse por primera vez toda mi atención sobre la chica: tenía los ojos azules. Algo restalló detrás de ellos. Lo reconocí; he estado a punto de morir tantas veces, he muerto aún muchas más. No alcancé a darle forma al pensamiento, fue algo natural, instintivo. En otra situación, me hubiera arrojada al piso. Ella se volteó, rodeada del negro revoloteo de su vestido. Apenas cabía el aire entre sus rostros.

— ¿Sabe qué tengo? ¿Sabe? Tengo un marido, cuyo cadáver me espera en las minas, tengo una deuda del tamaño de todos los insultos que no voy a malgastar en usted, tengo un hijo en casa, al que aún no le he dicho que ya tiene un padre  de quien no recibir cartas el día de su cumpleaños. ¿Y sabe qué más? Tengo prisa. Prisa por acabar con todo esto y volver, porque cada día que paso aquí, lejos de todo, especialmente de mi trabajo, es una moneda menos en mi bolsillo, un plato menos sobre la mesa y una razón para seguir vistiendo de negro otro día.

Volvió a tomar asiento. Las ondas de su vestido amainaron suavemente, sumiéndola de nuevo en un luto que todos habíamos procurado obviar. Las ruedas del tren traqueteaban con una inesperada calma.

El hombre ni siquiera pestañeó. El silencio era la única muestra de dignidad que cualquiera podría haber demostrado en aquella situación. Levemente acercó la punta de los dedos a su sombrero en un tímido saludo y volteó. Por primera vez observé a la chica, observé su rostro asomando entre la oscuridad del vestido y de la cofia, observé su soledad como en un espejo o en la noche, y cuando me devolvió la mirada, observé que de aquellos ojos fieros brotaba una sola lágrima desafiante, que inexplicablemente me recordaba al humo tras un disparo.

Nos contemplamos con el impune respeto de quien reconoce a otro exiliado.  Luego también yo toqué el ala de mi sombrero e incliné la cabeza. Miré por la ventana, percibiendo un tenue alivio. Por un instante me avergoncé de pensar que me habían necesitado. Una marejada de ocaso teñía de escarlata el interior de aquel vagón de tercera, mientras yo enrojecía levemente. Como una señorita.