Anamnesis

Escrito por murderin221b 07-05-2019 en zenda. Comentarios (0)

Anamnesis

Conoció la guerra a través las cartas del padre; no lo guió la lanza ni lo bautizó la sangre. Aguardó su retorno con infantil persistencia. Días, semanas, meses, años, hasta que la espera se tornó un solo instante inerte, dilatado de variaciones irrelevantes. Al final, sus súbditos y esclavos dejaron de serlo: la madre guardó luto hasta que la ciudad le requirió marido. La boda fue feliz; austero el matrimonio. El hijo continuó escrutando el horizonte hasta que su vista comenzó a confundir la vela con la nube: la edad llegaba antes que su padre. En la guardia, sólo lo acompañaba un perro. Cuando este murió, el hijo reconoció que el tiempo no aguarda por los hombres, a pesar de que sólo a través suyo es que persiste. Se percató de que la memoria sólo le sería tan fiel como aquel can, de que el agua no puede existir sin algo que la contenga. Aprendió a frecuentar la poesía.

Comenzó a entrelazar los episodios de aquella guerra unánime que tantas glorias imputó a su pueblo. Los cantos fueron alabados y repetidos hasta rebasarle: durante una visita al continente, un bardo trató de agasajarlo. Cuando su anfitrión lo descubrió meciendo los labios, acunando las palabras que el otro rapsoda declamaba, le preguntó si acaso ya había oído antes aquel poema. Supo entonces que la inmortalidad prescinde de sus artífices. Los lechosos ojos aún servían para llorar.

Dueño ahora de esta sencilla alquimia, sabiendo que la realidad no es condición de la historia, avocó los años últimos a componer el retorno de su padre. Desparramó el océano de islas y sembró una senda entre las olas. Su padre hallaría el camino a través de las palabras; la cítara lo absolvería de la seducción de bruja y de sirena. Cuando arribase a su tierra, descubriría que aquel reino lo había absuelto de la memoria y agradecería la dignidad de aún ser nadie. Caminaría entre las calles con la impunidad del extranjero. Reconocería adoquines y erosionadas esquinas, respirando la fresca sal que el aire dispersa entre los muros. Sin darse cuenta, llegaría a su hogar. Sólo su perro lo sabría, a pesar de cómo lo había ungido el viaje. A causa de su apariencia, más tarde debería presentarse a su propio hijo, quien lo amaba más de lo que podía recordarlo. Juntos urdirían un plan y matarían a los usurpadores, reclamando a la vez corona y nombre. Esa misma noche celebrarían un banquete y el hijo finalmente podría ver cómo  la encallecida mano paterna acariciaba las palmas de su madre con la irrefrenable serenidad de las mareas.

Cuando el poema se separó de él, Telémaco, hijo de Odiseo y Penélope, prófugo príncipe de Ítaca, selló los turbios ojos. Por aquel entonces, ya nadie conocía su linaje y sólo lo llamaban “el que no ve”. Hómeros, en la lengua de sus versos.