Una duna

Escrito por murderin221b 22-09-2019 en zenda. Comentarios (0)

Una duna

La mañana del 24 de agosto de 1991, Gale Hancock se metió en su traje, se atiborró de lechoso cereal y huevos, leyó titulares del periódico y las efemérides, y se dirigió a su trabajo en la zona céntrica de Toronto con la consciencia de aquel día el Vesubio entraba en erupción, los visigodos saqueaban Roma, el sitio de Cádiz llegaba a su fin, Estados Unidos sufría su primea invasión, París era liberado del poderío alemán y nacía Jorge Luis Borges, escritor.

En algún punto del trayecto, cedió la cabeza. Posteriormente Hancock confunde en su relato el contraste entre aire gélido y el roce sofocante de la muchedumbre, su propia prisa y la ajena, el sinsentido de los edificios entrecortando el cielo, la difusa frontera de los cuerpos. Habla también de un perplejo semáforo que enseña sus tres colores al mismo tiempo. Es lo último que recuerda .La cámara de un cajero automático lo registra inmóvil durante varias horas en una esquina. Un transeúnte casual contaría a la policía que creyó oírlo decir algo en un idioma extraño. Doce años después, Gale Hancock, ciudadano canadiense, devoto campista, frustrado académico, sobriooficinista, desaparecido misteriosamente en Toronto, emergería en Argentina, al ser detenido por un guardia de Seguridad de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Nos toca a nosotros excusar a su memoria.

Como primer paso, vinculamos la fecha con aquel semáforo de tres colores; tratamos de encontrar el patrón entre ambas y arriesgamos, a la luz del final de nuestra historia, que el único eslabón entre estos hechos fue el símbolo. No un símbolo en particular, sino EL símbolo detrás de la escritura y de los rupestres garabatos de Lascaux, la perenne necesidad de unir cosa e idea. Sabemos que Hancock leyó alguna vez a Borges. También varó dos años en la Universidad local, planeando convertirse en Bachellor of Arts, antes de resignarse a trabajar a jornada completa ydevenir en lector serial de periódicos. Podemos presumir que alguna diferencia entre su vida y la vida que hubiera deseado tener finalmente se hizo con el control total de sus sentidos. Hancock decidió ir hacia el sur. A pie.

Atravesó el mundo sin darse cuenta. El elocuente 14 de Junio de 2003 se presentó, barbado, sucio y decidido en la entrada de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, de la que el obvio fallecido había sido director. Adujo que buscaba un libro “que sólo podría reconocer al abrir dos veces en el mismo sitio y no reconocerlo”. El guardia de seguridad hizo tres cosas: la primera —un pecado— negarle la entrada; la segunda, buscar a alguien que entendiese inglés, la tercera, dar aviso a las autoridades. Con celeridad característica, los oficiales de policía argentinos lograron atrapar a Hancock tres meses más tarde en la frontera con Brasil, cuando se disponía a regresar a la jungla. Unas semanas después dieron con su nombre.

A partir de los irregulares recuerdos hilvanados por familiares y psiquiatras, junto a los testimonios de testigos, podemos intentar justificar sus acciones. Como dijimos antes, la coincidencia entre su insípida rutina, el cumpleaños del escritor para el que un espejo era sólo un laberinto cotidiano y, por último, la inesperada importancia de un símbolo ordinario como es el semáforo, transfigurado por su repentina indecisión, acabaron por despertar en él una apabullante cordura, una exactitud desprovista de circunstancias. El resto de las respuestas la hallamos en la humilde colección literaria de su departamento. Una copia del Libro de Arena en francés residía entre su avara biblioteca. En esta, el personaje al que el autor imputa su propio apellido, se topa con un volumen que los contiene a todos. Primero embelesado, finalmente abrumado por esta discreta versión del manantial de Mimir, Borges decide perderlo en un anaquel de la Biblioteca que administra, ignorante de las consecuencias de este ficticio extravío. Hancock, ya recuperado, recuerda vagamente que se proponía comprobar si entre las infinitas páginas figuraba su propia travesía. Desde esta perspectiva, nuestro viajero es sólo un hombre que trata de probarse digno de un destino.

El último punto oscuro parece aclararse por aquel testigo que oyó hablar a Hancock en una lengua extraña. Sometido a la rigurosa lectura de cada uno de los ejemplares que abultaban su Biblioteca, este cree reconocer el tono y música de los versos iniciales de una Divina Comedia bilingüe:

A mitad del camino de la vida

Yo me encontraba en una selva oscura,

Con la senda derecha ya perdida.

¡Ah, pues decir cuál es cosa dura

Esta selva salvaje, áspera y fuerte

Que en el pensar renueva la pavura!

A pesar de lo singular del caso, tal vez nada debería parecernos tan extraño. Puede entreverse que en su mente, Hancock jamás erró perdido, sino que sólo peregrinó más allá de la brújula y el mapa, como aquel caminante de Machado. Para Hancock, para el loco Hancock, para el iluminado Hancock, probablemente su odisea no comenzó en 1991, sino que penaba los mismos años de su edad, la edad de sus aspiraciones y sus sueños. Tal vez, incluso — si es que en verdad cordura y sinrazón son sólo uno—la edad de los sueños de los hombres. Lógico es que entonces los rascacielos de Toronto, los enmarañados árboles de Centro y Sud América, las estanterías de largas bibliotecas y las palabras frondosas de esos libros que nos leen vida a vida se le revelaran simplemente como una sola sucesión de selvas de distinta anatomía, en la que nuestros pasos desraizados componen a lo sumo una palabra. Tal vez quiso tan sólo averiguar cuál era la suya.