Lingua franca

Escrito por murderin221b 20-10-2019 en zenda. Comentarios (0)

La primera vez que vi cómo te golpeabas, éramos pequeños. Abrías y cerrabas las manos, gritabas en silencio, acompañando cada gesto con un puñetazo inexplicable. Yo apenas llegaba a tu pecho. Aun así salté sobre ti. Quise abrazarte, besar tus mejillas, beber tus lágrimas, hacerlas mías. No pude. Sólo supe llorar. Lentamente tus dedos se aflojaron y comenzaste a acariciarme la cabeza tenuemente, como las tímidas ráfagas de una brisa que no acaba de llegar. Y aunque me agobiaba tu tristeza, no pude disimular la felicidad que sacudió mi cuerpo. Reí. Entonces me miraste, los ojos translucidos, y acercaste tu rostro al mío. Te oí reír a tu manera. “Gracias”, me llamaste. Desde aquella noche, dormimos juntos. Al día siguiente, me permitieron acompañarte al colegio. Luego a la iglesia. Al parque. A casa de tus abuelos, de tus amigos, de tus tíos… A veces, me alegra pensar que tú y yo y el mundo crecimos juntos.  “Gracias”, me llamaste, y aunque no te entendí en aquel entonces, sentí  como si ya no fuera capaz de tener sed o hambre o miedo o esos sueños que me hacen querer correr fuera de mí.

Aprendí a predecir tus tristezas, pude estar ahí antes de que se nublaran tus ojos. Fue fácil. Entender tu lengua, no: era tan misteriosa como nuestras diferencias, pero me enorgullece pensar que conozco lo esencial. Por ejemplo, llamas “Toby” a mi presencia, “mover la cola” a mi risa, “bien” a lo que te agrada, “no” a lo que no, “jugar” a divertirse, “pasear” a salir de casa juntos, “ahora no” a la necesidad de estar solo, “adiós” a no vernos por un tiempo, “hola” a vernos tras un tiempo y “comer” a comer. Tu lenguaje resultaba… poco práctico, pero bastó que fuera tuyo a para que deseara compartirlo. Aprendí mucho. Aun así mi palabra preferida sigue siendo “Gracias”, aquel nombre secreto que me das cada vez que he sabido ser tu amigo.

Ha pasado el tiempo. Todavía me llamas así a veces, aunque creo que ya no te hago tan feliz. Será porque estoy viejo. Y me duele el costado. Y me cuesta caminar. Y jugar. Y correr a recibirte. Y debo conformarme con ponerme de pie y reír cuando llegas a casa. De vez en cuando miras con la expresión de las nubes que ennegrecen el crepúsculo. Me siento culpable. Inútil. Tengo miedo. De repente olvido cómo reír y trató de, al menos, llorar en silencio. Afortunadamente, eres tan bueno y tan sabio como las estaciones y agradezco inmensamente que tú también  hayas aprendido a leerme cuando hincas las rodillas en el piso, pones tu frente sobre la mía y murmuras melodías que suenan a domingo por la mañana y vacaciones.

Algunos días, ni siquiera puedo levantarme cuando llegas. Hoy es uno.

Escucho el sonido de la puerta e intento conseguirlo sin que veas mis esfuerzos. Eres demasiado rápido. Trato de reír para borrar la sombra de tus ojos. No puedo. Como de costumbre, te tiendes a mi lado y me abrazas. Pero hoy, al ponerte de pie, suspiras, coges el teléfono y siento como tu voz se ondula y se quiebra. Otra vez duele la distancia de mi propio cuerpo.

Tras colgar te acercas y dices que todo irá “bien”.  Me alzas y no puedo creerlo. Me alzas como cuando éramos pequeños, me alzas como me alzaste la primera vez que nos vimos, cuando tu padre me subió a su coche y me sentí solo mientras me alejaba de mis hermanos y mi madre, mientras contemplaba árboles desconocidos correr a través de la ventana, mientras notaba que frenábamos y me preguntaba qué sería de mí. Al abrirse la puerta, te vi. Sentí tus manos y tu risa y cómo me embargaba una inesperada calma. De repente me olvidé de mí. “Vamos”, dices, y regreso a este momento. “Haremos que te sientas mejor”. Y yo, entre tus brazos, comprendo que estaré “bien”.

El coche se mueve despacio, siento el asfalto fluir debajo nuestro. Sólo apartas la mano de mi cabeza para cambiar las marchas, y aunque a veces me duermo, pongo todas mis energías en sentir la tibieza de tus dedos sobre mi cabello.

Llegamos. Ahora entiendo: estamos en el “doctor”. Antes odiaba venir, pero la edad me ha enseñado que aquí me traes para quitarme el dolor. Entramos, nos hacen esperar. Te sientas conmigo en las rodillas. Vuelvo a dormirme un instante. Nos hacen pasar a una sala más pequeña. Me recuestas sobre una camilla. Tengo algo de miedo, pero tu palma no se aparta de mi mejilla.

Cuando entra el “doctor”, evita mirarme. Me arrepiento de no haberlo saludado. Me toca, me examina, investiga cada parte de mi cuerpo. Presiona el costado, no puedo evitar gemir. Voltea y te habla en voz baja.  Su murmullo no se parece al que tú haces cuando haces música sin palabras. Sale y de repente lloras. Quiero acercarme, sólo consigo imitarte. Entonces tú te inclinas, acercas tu cara a la mía, suavemente te golpeas las sienes y esta vez no puedo hacer nada.

El “doctor” regresa con una jeringa en la mano. Te apartas lentamente.  Introduce la aguja en mi hombro y agradezco el dolor, pensando que pronto estaré bien, pronto podré abrazarte y beber tus lágrimas y reír contigo. El doctor se va y vuelves a recostarte sobre mí. Percibo la calidez de tus lágrimas mientras me embarga nuevamente el sueño.

Quiero permanecer despierto, pero la realidad se disuelve mi alrededor, como el aliento sobre las ventanas en un día de invierno. Aun así me aferro a tu rostro, te miro y de repente sonríes. Me sonríes. Y aunque estoy más cansado que nunca, y aunque no estás acostado a mi lado, y aunque nuestro hogar está muy lejos, me arroba una serena felicidad al descubrir que que ahora mismo tú estás bien, a pesar de mí. Tú eres “bien”. Finalmente río. Y mientras se cierran mis parpados, me tranquilizo al escucharte reír despacio.

“Gracias”, me llamas.