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Estanque

Escrito por murderin221b 25-02-2018 en zenda. Comentarios (0)

Estanque

Donde el estanque arropa

al cielo del oeste,

donde todos los colores

son uno,

te guardaré con la silueta

de las nubes de enero.

Entre los últimos aromas

que olvida el verano.

Con la distancia que

arroja sus redes en la tarde,

sobre su piel de luz

en desbandada.

El agua es antigua

como un recién nacido.

El firmamento es joven

como la esperanza.

Entre medio vibrarán

nuestros reflejos

de velas dormidas

—por última vez,

por vez  primera—

a través de las ondas que afinan

a la luna.

Tu tacto se hundirá

detrás del poniente

y entonces sabré

que sólo he sentido

mi mano al sentir

la tuya.

Contemplo las aguas

y no me contemplo;

anhelo ser sólo

su propio reflejo.

Espero que cuando

ni tú ni yo estemos

para soportar estos nombres

ni esta memoria de pétalos

ni estos fugitivos cuerpos

en secreto, el estanque

aún olee

nuestro abrazo

en su tímida infinidad

de espejo.


Extravío

Escrito por murderin221b 25-02-2018 en zenda. Comentarios (0)

Extravío


Camino

junto a ella

—a través de ella—,

y mis pasos se hunden

demasiado lejos,

demasiado ciertos,

como bochornosos cimientos,

en la tácita derrota de encallar

sobre un sitio pasado

e inminente.

Ella tiene el andar

suicida de las mariposas,

la humilde artesanía

que impulsa a la abeja,

y cada huella es

una flor que olvida

con la fecunda indiferencia

de la Primavera.

Nos separa el correr del tiempo.

Nos reúne que corra en círculos.

Se va

finalmente,

yo me quedo:

tenemos cosas que hacer,

mas yo debo,

Ella tan sólo puede.

Todavía acuña el don

de sonreír sin excusas,

y cuando está aquí en cuerpo,

o en memoria,

o en distancias,

me pierde más allá

de mis fronteras.

Cuando sólo queda su ausencia

descubro

que aunque parezcamos estaciones

pendiendo de opuestos extremos

de un tallo,

en verdad le damos

cuerda, lado a lado,

a  las dos caras

del mar.

Camino:

nada florece

bajo un pie quieto.


La derrota

Escrito por murderin221b 04-02-2018 en zenda. Comentarios (0)

“Uno no puede ganar siempre”, piensa antes de que el estruendo del picaporte la arranque de sí misma.

Los niños entran como la primera gota de un aguacero. No deberían visitarla, por precaución. Su sistema inmune parece un rompecabezas con la mitad de las piezas extraviadas. Ellos no lo saben, pero sí intuyen que su presencia es un regalo que deben aprovechar sin miramientos. Después de dos operaciones perfectamente inútiles, cascadas de suero colándose a través de sus ruinosas venas, pastillas disfrazadas con todos los colores que la más pequeña ha aprendido a nombrar, páginas arrugadas en libros de autoayuda con un aire de comida rápida para el alma, terapias alternativas que no le ofrecieron alternativa alguna, palabras susurradas detrás de puertas cuidadosamente cerradas, tormentas radioactivas que sólo han acabado por reducir a quien no debían, y un huracán de caricias y despedidas marcándole la memoria como dulces latigazos, los médicos han dejado de cuidarla. Ella se los agradece.

Sus niños la besan, la abrazan. Postergan la pregunta que ya ha provocado aquellos silencios largos. Hoy traen tres pelucas nuevas. Rubia, roja, negra. “Han juntado sus ahorros”, dice el marido, sonriente, confirmándole que la mayor parte del dinero ha salido de su bolsillo. Los niños agregan que han comprado tres vestidos para ponerle y sacarle a cada momento del día. “Como una muñeca”, bromean, sin saber que precisamente así se siente ella. Se muerde los labios mientras sonríe. Les sostiene la mirada, esperando que la suya no la delate. Uno no puede ganar siempre.

—Cuando vuelvas, vamos a probártelos. Vas a verte tan linda como una de mis Barbies.

—Más todavía. Mamá es de verdad— sentencia el mayor; y ella piensa que ser un juguete a veces merece la pena.

Una enfermera entra. Comienza a prestar sus cuidados mientras sonríe, aunque no levanta la vista del suelo. Al principio los niños continúan hablándole: ocurren demasiadas cosas cuando no has cumplido diez años. En cuanto le quitan la aguja del brazo, llega el silencio. Algo cambia, irrevocable y terrible como las estaciones o el inicio de clases. Ellos no comprenden, pero están acostumbrados. Así que no preguntan nada. Sin embargo, ella sabe que ahora mismo sus cabezas son una calle con demasiado tráfico, explotando de sirenas y bocinazos y motores hambrientos de asfalto, mientras nadie alcanza siquiera a ver el semáforo. La enfermera deja una silla de ruedas junto a la cama y se marcha. Mamá les responde, tres meses más tarde de cuando se lo preguntaron por primera vez, con una sombra de amenazante adultez carcomiéndoles el rostro.

—Hoy— y mantiene la sonrisa, enigmática como la luna.

Los niños no dicen nada. Bajan de la cama corriendo y se abalanzan sobre el armario. Lo abren, toman el bolso que los ha esperado en el fondo por demasiado tiempo, y empiezan a arrojar dentro frenéticamente el contenido de los cajones y lo que cuelga de las perchas

—¡Ey! “Si hay mucho que ordenar, poco se puede jugar”— recita ella, como si ya estuvieran en casa.

Los niños se tranquilizan, sacan nuevamente la ropa y la doblan con un cuidado que raya la reverencia. Su marido suelta una carcajada que le hace acordar un poco a cuando te bebes el último sorbo de algo delicioso. Ella le toma la mano. De repente su hija se voltea y lo hace.

—Entonces, ¿ya estás curada, Mamá? ¿Ganaste?

Finalmente. Ella agradece seguir acostada. Ha barajado tantas explicaciones durante las noches de insomnio, durante las horas de íntima soledad, en la que ni Dios se atreve a aceptar los rezos como si fueran propinas inmerecidas. Nunca ha podido encontrar esa respuesta. O cualquiera, para ser honestos. Pero el momento ha llegado, y al notar en los ojos de los niños el mismo miedo que supone en los suyos, se da cuenta de que así son las cosas, de que llegamos muy tarde para el pasado, muy temprano para el futuro, y que siempre somos algo ajeno, eso que los demás se guardan como un precioso amuleto, si tienes suerte de merecerte un recuerdo. Y es que uno  no puede ganar siempre, pero siempre se puede luchar porque otro lo haga.

Mamá dice la única verdad que conoce.

—Hoy sí.

Y los niños comprenden. Porque aún son amos del tiempo. Guardan silencio un segundo, luego regresan a lo que estaban haciendo. Saben que su presencia es un regalo que deben aprovechar sin miramientos. Y vuelven a reír y a ordenar y a planean la cena y a discutir qué película podrán ver luego, y a decidirsobre qué historia van a leerle esta noche, antes de irse a la cama.

Tras un rato, la habitación luce tan alegre como su partida. Y ella se ha marchado, dueña de la derrota, dispuesta a enseñar a sus hijos todo lo que se puede hacer cuando ya no se puede hacer nada.