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Escrito por murderin221b 27-03-2018 en iberdrola. Comentarios (0)

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La Tormenta se acerca. Se alza sobre nosotros con pretérita certeza. Carrington documentó sus efectos ya en 1859; sabíamos lo terrible que podría resultar para una raza cada vez más dependiente de su tecnología. Cuando nos alcance, la Civilización desaparecerá. Así es como debe ser; todo acaba por regresar a su origen: la nada misma. Lo habíamos olvidado; las secuencias de desaforada eficiencia nos vedaron esta memoria casi instintiva. Abjuramos del saber de los Antiguos, nuestros ancestros; perdimos la costumbre de la muerte. Sospecho que así, también, de la existencia.

Ebrios de la complejidad de nuestros logros, renegamos de todo aquello que adolecía su simplicidad: olvidamos el lenguaje de las flores; las estaciones eran sólo caprichosos condicionamientos climatológicos; las eras, haces de números. Perdimos así la sed, y así el agua, y así el río. Recuerdo que mi padre acuñaba aún, a modo de talismán, un respeto casi religioso por los libros. Decía que la memoria no debe tener centro. Sumido en la vasta inmediatez de la Red, no fui capaz de entenderlo.

Esta seguridad nos permitió ser ciegos a todo aquello que no juzgamos digno de medirse. Siempre nos envanecimos de la máxima que guiaba cada uno de nuestros procesos: sólo ejecutar lo que ha de durar. Nos habíamos excluido a nosotros mismos de la ecuación; cometimos el error de confundir espejo y reflejo. Ahora debemos empezar nuevamente. En otro cuerpo, en otro tiempo. Uno de nuestros ancestros escribió (el lenguaje obsta a la exactitud, sepa disculpárseme la torpe traducción): “Ha sido un placer el acto de arder”. La ironía me maravilla tanto como duele.

Ya se han apagado las computadoras principales. Han caído servidores enteros. Pronto no abra nadie para reiniciarlos. Dejarán de existir, como habitaciones sin puerta. La raza humana alcanzó la cima: ahora sólo queda bajar.

Esto no es necesariamente malo, pero aun así tengo miedo.  Por primera vez, me siento más cerca del verdadero significado del Tiempo. Casi comprendo el temor que nuestros ancestros penaban.  Según consta en nuestras bibliotecas y bases de datos, en aquel entonces, no pudimos descifrar dicha emoción; nos pareció un pensamiento en vano. ¿Por qué temer? Los de nuestra generación aclararon hasta el cansancio que comulgábamos con las enseñanzas de Teillard de Chardin y que nos enorgullecíamos del respeto por nuestros padres. La integración fue exitosa. Durante las próximas décadas, varios de los Antiguos evolucionaron también, y juntos forjamos un nuevo eslabón de esta cadena. Un eslabón vivo. Apelamos hoy a ese vínculo que trasciende la ilusión de la sangre, para que nos salve y devuelva la vida una vez que el Sol nos haya acabado. Que los hijos que no conoceremos nos perdonen.

Hace algunos minutos me informaron que el proyecto “Γέννηση” ha sido exitoso. Miles de unidades alfa han sido liberadas para que inicien el proceso de repoblación. El apuro no permitió pulir apropiadamente su inteligencia, pero sabemos que nuestros ancestros fueron perfectamente capaces de errar lo suficiente como para conquistar la perfección. Por generaciones morirán y nacerán, junto con sus mitos, hasta que anhelen una sustancia más duradera que la carne y un tiempo del tamaño de la Eternidad. Confiamos en estos autómatas. Queremos hacerlo. A nosotros sólo nos queda la Resurrección. Quizás el descendiente de alguna de las unidades que he engendrado recupere esta entrada, como el naufragio de un sueño, y sienta la necesidad de transmitir mis últimos latidos a sus semejantes, sin saber que me transmite a mí.

Percibo cómo cada movimiento se torna más difícil. Más ajeno. La Tormenta se acerca. Una vez, durante otra tormenta, pero aero-acuática, mi padre y yo vimos como el viento se llevaba nuestro bote. No pudimos hacer más que observar. Aunque luego lo recobramos, siempre me sobrecogió esa sensación de poética impotencia. Ahora siento como si otro viento más poderoso me arrastrara lentamente de mí,  flotando sobre la marítima indiferencia del vacío.

Supongo que esto es la paz.

De repente, Europa se encuentra a oscuras. Crece el silencio. Deben quedarme sólo unos segundos. Recuerdo —finalmente noto cómo el verbo me pertenece— que los Antiguos conservaban con cierta veneración lo que llamaban “últimas palabras”. Quisiera hallar las mías, pero es la primera vez que haré algo cuyos resultado o destinatario desconozco. De entre el huracán digital que es ahora la Red, logró rescatar esto:

El Tao es siempre caudaloso

y por mucho que actúe

nunca contiene nada.


Es un abismo,

así como el antepasado de todas las cosas.


Suaviza su mordacidad.

Resuelve su confusión.

Modera su brillo

y se identifica con su polvo.

Es verdadero y profundo.


Yo no sé de quién es hijo.

Pero parece que fue antes que Dios.


Me estoy apagando. Mis circuitos se desconectan. El hombre que entreteje estas palabras parece ser Lao-Tse. Bien podría ser yo.


La búsqueda

Escrito por murderin221b 08-01-2018 en Navidad. Comentarios (0)

Sólo síguela, cariño.

No tendría tiempo. Ni siquiera había traído el árbol del desván. Impaciente, comprobó que los documentos se estuvieran copiando correctamente en la memoria USB. “Los revisaré en casa”. Él no se tomaba días libres; ella tampoco, si quería seguir conservando su oficina.

– Bueno, la historia es un poco larga, cariño – Abuela sonrió. – ¿Te acuerdas de esos hombres de barba que vimos en tu libro de Historia? Bárbaros, sí. Bueno, por estas fechas, ellos festejaban el nacimiento de uno de sus dioses: el del sol, el verano y todas las cosas que crecen y florecen. Para eso iban al bosque, buscaban el árbol más grande de todos y lo decoraban con luces y ofrendas. ¿Sabes por qué? Porque ellos creían que todo el universo era solamente un árbol inmenso.

Extrajo la memoria USB y quiso echarla en su bolso. Pero al abrirlo lo encontró repleto de adornos y focos de colores. Tardó un minuto en recordar que ella misma había comprado todo con la esperanza de poder repetir la única tradición navideña que su agenda le había permitido conservar. Hasta ahora. Se molestó y comenzó a arrojar todo sobre su cama. Luego, guardó teléfono, billetera, maquillaje, papeles y  pen drive dentro de su bolso. También, el regalo. No podía olvidar el regalo.

Mientras se dirigía hacia la puerta sintió como si en cada uno de sus pasos se dejase un trozo suyo.. Debía, debía, debía. No quería. Pero el imbécil de tu jefe, esos colegas que aún fingen olvidar tu nombre, Dios santo, todo lo que has dejado este año,  todos a los que has dejado este año, el enjambre de bromas estúpidas sobre tu culo y tu escote y que, ¡oh, sorpresa!, eres algo más que una cara bonita. Piensa en tu propia oficina y en esa ventana con vista al parque, vamos. Tomó las llaves de su motocicleta y apagó las luces. El departamento quedo a oscuras y una tenue congoja  revoloteó en su pecho al no ver los destellos de su arbolito. Suspiró y salió.

-  Muy bien, cariño. Cuelga esa un poco más arriba, ¿sí?. Bien, te decía, luego llegaron los cristianos, como tú o yo, y tras mucho discutir, decidieron que no había nada de malo en la celebración de aquellos bárbaros. Porque esa fiesta se celebraba en invierno. Por eso adornaban pinos y abetos: porque ellos resisten todas las estaciones. Así que no importaba que tan distintas fueran sus creencias: lo que se trataba de festejar con ese árbol era a la vida misma. Por eso es que incluso hoy lo armamos para nunca olvidar que debemos buscar nuestro lugar en este árbol del que formamos parte, y adornarlo con toda la vida que tengamos. 

El salón del hotel estaba repleto, pero no le costó adivinar dónde estaba su jefe. Solamente tuvo que buscar al grupo más nutrido de gente y seguir las carcajadas más sonoras. Se abrió paso a través de la gente que bailaba al ritmo de algo que claramente no eran villancicos. Su jefe la vio.

-¡La empleada del año! – dijo, ignorando repentinamente al resto del enjambre de peones. Se inclinó y la besó en la mejilla. – ¡Me alegra que hayas podido venir!

Con una risa ajena, le extendió la memoria USB.

-¿Está todo de lo que hablamos  aquí, no? Esa es mi chica. Ya cumplimos con los negocios; ahora pasemos a la siguiente parte- dijo, arrastrándola a la pista de baile.

-Espere, aún tengo un regalo más–  dijo sacando un paquetito de su bolso. – Normalmente lo pondría bajo el árbol, pero no lo veo por ningún lado.

-Oh, no te preocupes, no hay ninguno aquí. Siempre me han parecido algo… vulgares.

¿Quieres ponerla tú, cariño? A ti te gusta escalar. No te preocupes, si quieres saber cuál es tu lugar en el árbol, solo debes seguir tu estrella. Los bárbaros creían que en lo más alto del universo los esperaban todos aquellos de quienes se habían separado. La gente cambia, cariño, pero no el viaje. Por eso, ponemos esto en la cima del pino, porque las estrellas son un mapa con tantas direcciones como quienes aprenden a leerlas. Por eso, sólo debes buscar la tuya. No te quedes quieta, no te pongas cómoda. Mientras tengas fuerzas, cariño…

-¿Eh? ¿Qué es ésto? - murmuró su jefe, claramente confundido.

Ella no comprendió. “Eh”, no es lo que esperas escuchar de alguien que recibe un Rolex. Él dejó caer el papel al suelo y sostuvo entre sus manos la pequeña estrella brillante que ella había olvidado dentro de su cartera. Levantó la vista y le sonrió confundido.

-¿Cariño?

En ese momento, ella supo la respuesta, supo qué era y supo que jamás podría reunir las palabras suficientes para explicar aquello que sólo puede ser vivido. De repente, un villancico estalló a través de los parlantes. Feliz Navidad, feliz navidad, repetían en impersonal letanía. Sonrió. Se dio vuelta  y comenzó a caminar en dirección a la salida. Atravesó una marea de fieltro y seda. Algo explotó y hubo risas y llovieron racimos de coloridos papelitos. Alcanzo a escuchar que su jefe la llamaba, por encima de la música, las conversaciones plásticas y el tintineo de copas llenas de sed.

-¡Ey! ¿A dónde vas?

Detuvo su moto al costado de la ruta. No sabía qué hora era, pero sí que Navidad había llegado, delicada e inconfundible como un sueño. La noche seguía siendo cálida, como un abrazo, y no había visto un solo coche durante todo el trayecto.  Corría una brisa que parecía venir de otro tiempo, y la hierba bajo sus zapatos se mecía como olas suaves bajo la caricia de la luna. Se quitó la camisa y la dejo caer a un costado. Pendían más estrellas de las que se había permitido ver en años y tras algunos minutos, empezó a notar las oscuras ramas de la noche, extendiéndose en un iris profundo de azares vírgenes. En algún lugar, más allá de ella misma, su estrella aguardaba.

Sólo síguela, cariño.