El regalo

Escrito por murderin221b 07-01-2018 en relato. Comentarios (0)

Pensó en una esfinge, y en un racimo de insectos, en luces fugitivas trizando el sueño, pensó en hombres acongojados sollozando, pensó en la oscuridad y sus muchos rostros y pensó en como la luz siempre es una sola, pensó en la mano que pendía del lecho, en el cuerpo, ahora y siempre inerte, que colgaba de ella y pensó que la muerte es un acertijo demasiado complejo. Tanto, que se necesita la vida entera para resolverla. Sobre la luz que goteaba desde el pasillo flotó una cara de ojos clausurados y labios entreabiertos. El pecho quieto y terrible, como un mar sin olas. El hombre quiso entrar, cerrar la puerta a sus espaldas. Quiso sellar el mundo. No pudo siquiera alzar el brazo. Descubrió que estaba recordando una pintura de Caravaggio, y sintió vergüenza.

Ella se había disculpado después de cenar, ni siquiera fingió esperar al brindis. Bajo esa esa certeza arrolladora que sucede a los desastres, se imputó el haber podido preverlo todo. Alguien habló en la comedor y le arrebató lo atemporal a su desdicha. El hombre se inclinó y encendió el velador. Instintivamente apartó la vista, atemorizado de firmar con su mirada aquella escena. Se dejó entrar a la habitación y cerró la puerta, estaban solos. Estaba solo. Escuchó un tamborileo hueco y un zumbido. No le importó averiguar de dónde venían. Rodeó la cama sin ensuciar las fronteras con su sombra. Se preguntó qué la había matado e hizo un esfuerzo por no preguntarse quién. Sin querer, pateó algo y alcanzo a ver una botella vacía metiéndose bajo la cama. Bajo sus pies crujieron suavemente algunas pastillas que su mujer no juzgo necesario tomar. Contó uno, dos, tres, frascos.

Tomó el pulso en vano. Insultó. Primero a nadie, luego a sí mismo, finalmente a ella. Lo golpeó una culpa rencorosa y se obligó a mirarla fijamente. La paz irrecusable de su rostro, en contraste con el vómito sobre las sábanas acabó de derribarlo. Se sentó a su lado y se avocó a perder la mirada en los contornos que la sombra disculpaba. Sobre la cómoda observó el pesebre descolorido. La mujer viste de rojo y tiene el vientre hinchado. A su lado todos lloran y se sorprenden de su repentina partida. “La Muerte de la Virgen”, así se llama la obra. Recordó leer que el pintor había usado como modelo a una prostituta ahogada en el Tíber. Escándalo. El miedo comenzó a agrietar su sorpresa. Notó entonces que las sábanas estaban mojadas. Retiró las manos lentamente.

Más allá de la habitación, de la puerta, del pasillo y los muros intangibles de ese lecho, gritó un niño. Luego río y otras voces lo siguieron. Era uno de sus hijos. Emanuel, creyó. Los regalos. Recordó para qué había venido y de repente se sintió desterrado. El cuerpo lo lastraba. Las voces lo lastraban. Y él vagaba en un puente entre dos nadas. Un silencio afilado le trajo nuevamente aquellos golpes y zumbidos, casi etéreos, de cuando entró al cuarto. Un punto de oscuridad se arrojaba una y otra vez contra la ventana cerrada. Creyó que era una mosca. Pronto nadie reiría en esa casa. Lloró.

Tras un momento, intentó pensar en algo más, pero la ausencia lo llenaba todo.. Miró a su esposa y el perfil se le presentó como el de una moneda. Comprendió de repente que la muerte es algo que siempre le ocurre a otro. Nuevamente abandonó los ojos sobre el pesebre. Dios mío, justo en Navidad, Dios mío. Muerte de la Virgen. O Dormición de la Virgen. Empezó a cuestionar su memoria. Un dios se acurrucaba entre la paja de su cuna, y soñaba con algo más allá del establo, de la cruz profetizada, de los reyes y pastores que se postrarían ante él.  En el cuadro,  los apóstoles lloran y lloran, y él no logra recordar si María estaba muerta o dormida. Pero en el pesebre, el niño sueña.

Una explosión tras la ventana tiñó de rojo las siluetas de la habitación, luego otra de verde. Desde el jardín, le llegó el eco de las felicitaciones y el cristal chocando. Fuegos artificiales opacaban las temblorosas estrellas. Sus hijos debían estar fuera, admirándolos. Le había pedido al resto de su familia que los sacaran con esa excusa para poder dejar los presentes bajo el árbol sin ser visto. Era medianoche, los regalos permanecían ocultos, y su madre yacía y yacería en aquella cama. Su madre. Entonces, el hombre recordó: algunos decían que no era la modelo quien tenía hincado el vientre, sino María, como un signo imperecedero de que su maternidad le había merecido el sueño en vez de la muerte. El sueño. Supo que debía hacer. Apretó los labios. Se irguió y revolvió dentro del armario, tomó la bolsa en la que estaban los regalos y luego se agachó junto al cadáver. Recogió dos frascos y la mayor parte de las pastillas. Las echó en la bolsa. Dejó sólo unas pocas para que el suicidio pareciera accidental. Esperó que los médicos le creyeran. Mientras rodeaba la cama, contempló aquel cielo florecido. Un punto atravesó nuevamente aquel paisaje de colores explosivos. Lo miró y descubrió que era sólo una abeja. Abrió la ventana antes de salir de la habitación.

Recorrió el pasillo a oscuras, guiado por la luz en su otro extremo. El comedor estaba vacío, la mesa servida, las sillas en desorden, la puerta entreabierta como un par de labio, dejando fluir risas y voces distantes. Colocó los regalos bajo las ramas del árbol. Luego, fue al baño y arrojó las pastillas por el excusado. Más tarde dejaría los frascos, sin sus etiquetas, por algún basurero y en casa sólo quedarían dudas para absolverlos de los tiempos que vendrían. Por la mañana ya no habría Navidad y la muerte continuaría siendo un acertijo demasiado complejo, tanto que necesitaría una vida entera para resolverla. Pensó que, a veces, con una sola no basta.

Entró al jardín.